David Copperfield (Charles Dickens) - pág.28
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Yo no dudaba de que míster Peggotty fuera digno de todos aquellos tesoros; pero debo confesar que me costaba trabajo imaginármelo cómodo en la indumentaria propuesta por su agradecida sobrina y, principalmente, de lo que más dudaba era de la utilidad del sombrero de tres picos. Sin embargo, guardé aquellos pensamientos para mí.
La pequeña Emily, mientras enumeraba aquellas maravillas, se había parado y miraba al cielo como si le pareciera una visión gloriosa. De nuevo nos pusimos a buscar guijarros y conchas.
-¿Te gustaría ser una dama? -le dije.
Emily me miró y se echó a reír, diciéndome que sí.
-Me gustaría mucho, porque entonces todos seríamos damas y caballeros: yo, mi tío, Ham y mistress Gudmige. Y entonces no nos preocuparíamos cuando hubiese tormenta. Quiero decir por nosotros mismos, pues estoy segura de que nos preocuparíamos mucho por los pobres pescadores y los ayudaríamos con dinero cuando les sucediera algún percance.
Este cuadro me pareció tan hermoso, que lo encontré bastante probable, y expresé la alegría que me causaba pensar en ello. La pequeña Emily tuvo entonces el valor de decirme, tímidamente:
-Y ahora ¿no crees que te da miedo el mar?
En aquel momento el mar estaba lo bastante en calma como para no asustarme; pero no dudo de que si hubiera visto una ola moderadamente grande avanzar hacia mí hubiese huido ante el pavoroso recuerdo de todos aquellos parientes ahogados. Sin embargo, le contesté: «No», y añadí: «Y tú tampoco me parece que le temas como dices», pues en aquel momento andaba por el borde de una especie de antiguo rompeolas de madera, por el que nos habíamos aventurado, y me daba miedo no se fuera a caer.
-No es esto lo que me asusta -dijo Emily-. Le temo cuando ruge, y tiemblo pensando en el tío Dan y en Ham, y me parece oír sus gritos de socorro. Por eso es por lo que me gustaría ser una dama. Pero de esto no me da ni pizca de miedo. ¡Mira!
Y de repente se escapó de mi lado y echó a correr por un madero que, saliendo del sitio en que estábamos, dominaba el agua profunda desde bastante altura y sin la menor protección.
El incidente está tan grabado en mi memoria, que si fuera pintor podría dibujarlo ahora tan claramente como si fuese aquel día: la pequeña Emily corriendo hacia su muerte (como entonces me pareció), con una mirada, que no olvidaré nunca, dirigida a lo lejos, hacia el mar. Su figurita, ligera, valiente y ágil, volvió pronto sana y salva hacia mí, y yo me reí de mis temores y del grito inútil que había dado, pues además no había nadie cerca. Pero ha habido veces, muchas veces, cuando ya era un hombre, que he pensado que era posible (entre las posibilidades de las cosas ocultas) que hubiera en la súbita temeridad de la niña y en su mirada de desafío a la lejanía cierto instintivo placer por el peligro, como una atracción hacia su padre, muerto allí, y a la idea de que su vida podía terminar ese mismo día.
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