David Copperfield (Charles Dickens) - pág.26
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Míster Peggotty fumaba su pipa. Yo sentí que era un momento propicio para la conversación y las confidencias:
-Mister Peggotty -dije.
-Señorito -dijo él.
-¿Ha puesto usted a su hijo el nombre de Ham porque vive usted en una especie de arca?
Míster Peggotty pareció considerar mi pregunta como una idea profunda; pero me contestó:
-Yo nunca le he puesto ningún nombre.
-¿Quién se lo ha puesto entonces? -dije haciendo a míster Peggotty la pregunta número dos del catecismo.
-Su padre fue quien se lo puso -me contestó.
-¡Yo creía que era usted su padre!
-Mi hermano Joe era su padre -dijo.
-¿Y ha muerto, míster Peggotty? -insinué, después de una pausa respetuosa.
-Ahogado -dijo míster Peggotty.
Yo estaba muy sorprendido de que mister Peggotty no fuese el padre de Ham, y empecé a temer si no estaría también equivocado sobre el parentesco de todos los demás. Tenía tanta curiosidad por saberlo, que me decidí a seguir preguntando:
-Pero la pequeña Emily -dije mirándola-, ¿esa sí es su hija? ¿No es así, míster Peggotty?
-No, señorito; mi cuñado Tom era su padre.
No pude resistirlo a insinué, después de otro silencio respetuoso:
-¿Ha muerto, míster Peggotty?
-Ahogado -dijo mister Peggotty.
Sentí la dificultad de continuar sobre el mismo asunto; pero me interesaba llegar al fondo del asunto y dije:
-Entonces ¿no tiene usted ningún hijo, míster Peggotty?
-No, señorito -me contestó con una risa corta-, soy soltero.
-¡Soltero! -exclamé atónito- Entonces ¿quién es esa, míster Peggotty? -dije apuntando a la mujer del delantal blanco, que estaba haciendo media.
-Esa es mistress Gudmige -dijo míster Peggotty.
-¿Gudmige, míster Peggotty?
Pero en aquel momento Peggotty (me refiero a mi Peggotty particular) empezó a hacerme gestos tan expresivos para que no siguiera preguntando, que no tuve más remedio que sentarme y mirar a toda la silenciosa compañía, hasta que llegó la hora de acostamos. Entonces, en la intimidad de mi cuartito, Peggotty me explicó que Ham y Emily eran un sobrino y una sobrina huérfanos a quienes mi huésped había adoptado en diferentes épocas, cuando quedaron sin recursos, y que mistress Gudmige era la viuda de un socio suyo que había muerto muy pobre.
-Él tampoco es más que un pobre hombre -dijo Peggotty-, pero tan bueno como el oro y fuerte como el acero.
Estos eran sus símiles.
Y el único asunto, según me dijo, que le encolerizaba y sacaba de sus casillas era que se hablase de su generosidad; y si cualquiera aludía a ello en la conversación daba con su mano derecha un violento puñetazo en la mesa (tanto que en una ocasión la rompió) y juraba con una horrible blasfemia que tomaría el portante y se lanzaría a nada bueno si volvían a hablar de ello. Por muchas preguntas que hice nadie pudo darme la menor explicación gramatical sobre aquella terrible frase «tomar el portante», que todos ellos consideraban como si constituyese la más solemne imprecación.
Pensaba con cariño en la bondad de mi huésped mientras oía a las mujeres, que se acostaban en otra cama como la mía en el extremo opuesto del barco, y a él y a Ham colgando dos hamacas, donde dormían, en los ganchos que había visto en el techo; y en el más eufórico estado de ánimo me iba quedando dormido.
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