David Copperfield (Charles Dickens) - pág.16
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-Naturalmente, es un cambio muy agradable -contestó mi madre.
Peggotty continuó inmóvil en medio de la habitación, y mi madre reanudó su canto. Yo me dormí, aunque no con un sueño profundo, pues me parcería oír sus voces, pero sin entender lo que decían. Cuando me desperté de aquella desagradable modorra, me encontré a Peggotty y a mamá hablando y llorando.
-No es una persona así la que le hubiera gustado a mister Copperfield -decía Peggotty-; se lo repito y se lo juro.
-¡Dios mío! -exclamó mi madre-. ¿Quieres volverme loca? En mi vida he visto a nadie ser tratado con tanta crueldad por sus criados. Además, hago una injusticia si me considero una niña. ¿No he estado casada, Peggotty?
-Dios sabe que sí, señora -respondió Peggotty.
-¿Y cómo eres capaz, Peggotty -dijo mi madre-, cómo tienes corazón para hacerme tan desgraciada, diciéndome cosas tan amargas, sabiendo que fuera de aquí no tengo a nadie que me consuele?
-Razón de más -repuso Peggotty- para decirle que eso no le conviene. No, no puede ser. De ninguna manera debe usted hacerlo. ¡No!
Pensé que Peggotty iba a lanzar la palmatoria al aire del énfasis con que la movía.
-¿Cómo puedes ofenderme así y hablar de una manera tan injusta? -gritó mi madre llorando más que antes-. ¿Por qué te empeñas en considerarlo como cosa decidida, Peggotty, cuando te repito una vez y otra que no ha pasado nada de la más corriente cortesía? Hablas de admiración. ¿Y qué voy yo a hacerle? Si la gente es tan necia que la siente, ¿tengo yo la culpa? ¿Puedo hacer yo algo, te pregunto? Tú querrías que me afeitase la cabeza y me ennegreciera el rostro, o que me desfigurase con una quemadura, un cuchillo o algo parecido. Estoy segura de que lo desearías, Peggotty; estoy segura de que te daría una gran alegría.
Me pareció que Peggotty tomaba muy a pecho la reprimenda.
-Y mi niño, mi hijito querido -continuó mi madre, acercándose a la butaca en que yo estaba tendido y acariciándome-, ¡mi pequeño Davy! ¡Pretender que no quiero a mi mayor tesoro! El mejor compañero que haya existido jamás.
-Nadie ha insinuado semejante cosa -dijo Peggotty.
-Sí, Peggotty -replicó mi madre-; lo sabes muy bien. Es lo que has querido decirme con tus malas palabras. No eres buena, puesto que sabes tan bien como yo que únicamente por él no me he comprado el mes pasado una sombrilla nueva, a pesar de que la verde está completamente destrozada y se va por momentos. Lo sabes, Peggotty, ¡no puedes negarlo!
Y volviéndose cariñosamente hacia mí, apretando su mejilla contra la mía:
-¿Soy una mala madre para ti, Davy? ¿Soy una madre mala, egoísta y cruel? Di que lo soy, hijo mío; di que sí, y Peggotty lo querrá; y el cariño de Peggotty vale mucho más que el mío, Davy. Yo no te quiero nada, ¿verdad?
Entonces nos pusimos los tres a llorar. Creo que yo era el que lloraba más fuerte; pero estoy seguro de que todos lo hacíamos con sinceridad.
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