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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.14

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Tenía tanto sueño que estaba convencido de que en el momento en que perdiera de vista cualquiera de aquellas cosas ya no tendría remedio.
-Peggotty -dije de repente- ¿Has estado casada alguna vez?
-¡Dios mío, Davy! -replicó Peggotty-. ¿,Cómo se te ha ocurrido pensar en eso?
Me contestó tan sorprendida que casi me despabiló, y dejando de coser me miró con la aguja todo lo estirada que le permitía el hilo.
-Pero ¿tú no has estado nunca casada, Peggotty? -le dije- Tú eres una mujer muy guapa, ¿no?
La encontraba de un estilo muy diferente al de mi madre; pero, dentro de otro género de belleza, me parecía un ejemplar perfecto.
Había en el gabinete un taburete de terciopelo rojo, en el que mi madre había pintado un ramillete; el fondo de aquel taburete y el cutis de Peggotty eran para mí una misma cosa. El terciopelo del taburete era suave y el cutis de Peggotty, áspero; pero eso era lo de menos.
-¿Yo guapa, Davy? -contestó Peggotty-. No, por Dios, querido. Pero ¿quién te ha metido en la cabeza esas cosas?
-No lo sé. Y no puede uno casarse con más de una persona a la vez, ¿,verdad, Peggotty?
-Claro que no -dijo Peggotty muy rotundamente.
-Y si uno se casa con una persona y esa persona se muere, ¿entonces sí puede uno casarse con otra? Di, Peggotty.
-Si se quiere, sí se puede, querido; eso es cuestión de gustos -dijo Peggotty.
-Pero ¿cuál es tu opinión, Peggotty?
Yo le preguntaba y la miraba con atención, porque me daba cuenta de que ella me observaba con una curiosidad enorme.
-Mi opinión es -dijo Peggotty, dejando de mirarme y poniéndose a coser después de un momento de vacilación que yo nunca he estado casada, ni pienso estarlo, Davy. Eso es todo lo que sé sobre el asunto.
-Pero no te habrás enfadado conmigo, ¿verdad, Peggotty? -dije después de un minuto de silencio.
De verdad creía que se había enfadado, me había contestado tan lacónicamente; pero me equivocaba por completo, pues dejando a un lado su labor (que era una media suya) y abriendo mucho los brazos cogió mi rizada cabecita y la estrechó con fuerza. Estoy seguro de que fue con fuerza, porque, como estaba tan gordita, en cuanto hacía un movimiento algo brusco los botones de su traje saltaban arrancados. Y recuerdo que en aquella ocasión salieron dos disparados hasta el otro extremo de la habitación.
-Ahora léeme otro rato algo sobre los «crocrodilos» -me dijo Peggotty, que todavía no había conseguido pronunciar bien la palabra-, pues no me he enterado ni de la mitad.
Yo no comprendía por qué la notaba tan rara, ni por qué tenía aquel afán en volver a ocuparnos de los cocodrilos. Pero volvimos, en efecto, a los monstruos, con un nuevo interés por mi parte, y tan pronto dejábamos sus huevos en la arena a pleno sol como corríamos hacia ellos hostigándolos con insistentes vueltas a su alrededor, tan rápidas, que ellos, a causa de su extraña forma, no podían seguir.


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