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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.10

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-Y bien, señora; soy muy feliz al poder darle la enhorabuena.
-¿Por qué? -dijo secamente mi tía.
Míster Chillip se turbó de nuevo ante aquella extremada severidad, pero le hizo un ligero saludo y trató de sonreírle para apaciguarla.
-¡Dios santo! Pero ¿qué le pasa a este hombre? -gritó mi tía con impaciencia-. ¿Es que no puede hablar?
-Tranquilícese usted, mí querida señora -dijo el doctor con su voz melosa, No hay ya el menor motivo de inquietud, tranquilícese usted.
Siempre he considerado como un milagro el que mi tía no le sacudiera hasta hacerlo soltar lo que tenía que decir. Se limitó a escucharle; pero moviendo la cabeza de una manera que le estremeció.
-Pues bien, señora -resumió míster Chillip tan pronto como pudo recobrar el valor-. Estoy contento de poder felicitarla. Ahora todo ha terminado, señora, todo ha terminado.
Durante los cinco minutos, poco más o menos, que míster Chillip empleó en pronunciar esta frase, mi tía lo contemplaba con curiosidad.
-Y ella ¿cómo está? -dijo cruzándose de brazos, con el sombrero siempre colgando de uno de ellos.
-Bien, señora, y espero que pronto estará completamente restablecida -respondió míster Chillip-. Está todo lo bien que puede esperarse de una madre tan joven y que se encuentra en unas circunstancias tan tristes. Ahora no hay inconveniente en que usted la vea, señora; puede que le haga bien.
-Pero ¿y ella? ¿Cómo está ella? -dijo bruscamente mi tía.
Míster Chillip inclinó todavía más la cabeza a un lado y miró a mi tía como un pajarillo asustado.
-¿La niña, que cómo está? -insistió miss Betsey.
-Señora -respondió míster Chillip-, creía que lo sabía usted: es un niño.
Mi tía no dijo nada; pero cogiendo su cofia por las cintas la lanzó a la cabeza de míster Chillip; después se la encasquetó en la suya descuidadamente y se marchó para siempre. Se desvaneció como un hada descontenta, o como uno de esos seres sobrenaturales que la superstición popular aseguraba que tendrían que aparecérseme. Y nunca más volvió.
No. Yo estaba en mi cunita; mi madre, en su lecho, y Betsey Trotwood Copperfield había vuelto para siempre a la región de sueños y sombras, a la terrible región de donde yo acababa de llegar. Y la luna que entraba por la ventana de nuestra habitación se reflejaba también sobre la morada terrestre de todos los que nacían y sobre la sepultura en que reposaban los restos mortales del que fue mi padre y sin el cual yo nunca hubiera existido.

CAPÍTULO II
OBSERVO
Lo primero que veo de forma clara cuando quiero recordar la lejanía de mi primera infancia es a mi madre, con sus largos cabellos y su aspecto juvenil, y a Peggotty, sin edad definida, con unos ojos tan negros que parecen oscurecer todo su rostro, y con unas mejillas y unos brazos tan duros y rojos que me sorprende que los pájaros no los prefirieran a las manzanas.
Y siempre me parece recordarlas arrodilladas ante mí, frente a frente en el suelo, mientras yo voy con paso inseguro de una a otra.


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