Cuentos de Navidad (Charles Dickens) - pág.54
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Abrió la puerta suavemente y asomó la cara. Ellos estaban revisando la mesa (magníficamente puesta), pues estas parejas jóvenes siempre se ponen nerviosos con cosas así y les gusta que todo esté como es debido.
«¡Fred!, dijo Scrooge.
«¡Ay, Señor, qué susto se llevó la sobrina política! Scrooge había olvidado que estaba sentada en el rincón, con el escabel, si no, por nada del mundo lo habría hecho. »
«¡Válgame Dios! ¿Quién es? », exclamó Fred.
«Soy yo. Tu tío Scrooge. He venido a cenar. ¿Puedo quedarme, Fred? »
¡Que si podía! Fue una suerte que no se le cayera el brazo con las sacudidas. En cinco minutos se sentía como en su casa. Nada podía ser más entrañable. La sobrina era igual que la había visto. Y Topper, cuando llegó. Y la hermana rellenita, y todos los demás. ¡Maravillosa reunión, maravillosos juegos, maravillosa concordia, ma-ra-vi-llo-sa felicidad!
Pero a la mañana seguiente llegó temprano a la oficina. ¡Si pudiera ser el primero y sorprender a Bob Cratchit llegando con retraso! En ello había puesto todo su empeño.
¡Y lo consiguió; sí, lo consiguió! En el reloj dieron las nueve. Bob sin aparecer. Dieron las nueve y cuarto. Bob sin aparecer. Llegó con diciocho minutos y medio de retraso. Scrooge se sentó con la puerta abierta para verle entrar en la Cisterna.
Antes de abrir la puerta ya se había quitado el sombrero y también la bufanda; en un santiamén ya estaba en su taburete, trabajando intensamente con el lapicero como si intentara dar marcha atrás al tiempo.
«¡Hola! », gruñó Scrooge, fingiendo lo mejor que supo su voz habitual. «¿Qué significa esto de llegar a estas horas? »
«Lo siento mucho, señor», dijo Bob. «Me he retrasado» «¿Se ha retrasado?», repitió Scrooge. «Sí. Eso creo. Haga el favor de venir».
«Es la única vez en todo el año, señor», se excusó Bob saliendo de la Cisterna. «No se volverá a repetir. Ayer tuvimos un poco de fiesta, señor».
«Pues le diré una cosa, amigo mio», dijo Scrooge, «no voy a continuar consintiendo cosas como ésta. Y por consiguiente», prosiguió, saltando de su asiento y aplicando a Bob tal empujón en el chaleco que le hizo retroceder tambaleándose hasta la Cisterna otra vez, «y por consiguiente ¡estoy a punto de subirle el sueldo! »
Bob temblaba y se acercó un poco más a la vara de medir. Por un instante, tuvo la idea de pegar a Scrooge con ella, sujetarle y pedir ayuda a la gente del patio y ponerle una camisa de fuera.
«¡Feliz Navidad, Bob! » dijo Scrooge con inconfundible acento de sinceridad, al tiempo que le daba palmadas en la espalda. «¡La más Feliz Navidad, Bob, mi buen compañero, que yo le haya deseado en muchos años! Le aumento el sueldo y me propongo auxiliar a su necesitada familia; ¡trataremos sus asuntos esta misma tarde ante un bol navideño de «obispo» humeante [L32], Bob! ¡Atice las estufas y compre otro cubo de carbón antes de ponerse a escribir ni el punto de una «i», Bob Cratchit!»
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