Cuentos de Navidad (Charles Dickens) - pág.48
Indice General
|
Volver
Página 48 de 57
Entraron en la casa del pobre Bob Cratchit, el hogar que había visitado anteriormente, y encontraron a la madre y a los hijos sentados cerca del fuego.
Silenciosos. Muy silenciosos. Los ruidosos pequeños Cratchit estaban quietos como estatuas en un rincón, sentandos mirando a Peter que tenía un libro. La madre y las hijas estaban ocupadas en la costura, pero muy en silencio.
«Y él puso a un niño en medio de ellos[L29]».
¡Dónde había escuchado Scrooge aquellas palabras? No las había soñado. Tal vez las había leído el muchacho en voz alta cuando él y el espíritu cruzaban el umbral. ¿Por qué no prosiguió?
La madre dejó la labor sobre la mesa y se llevó la mano al rostro.
«Me duelen los ojos de colorear», dijo.
¿De colorear? ¡Ay, pobre Tiny Tim!
«Ahora ya están mejor», dijo la esposa de Cratchit. «Me lloran con la luz de la vela y no quiero, por nada del mundo, que vuestro padre los vea así cuando vuelva a casa. Ya debe ser casi la hora».
«Más bien pasa», respondió Peter cerrando el libro. «Pero creo que estas últimas tardes viene andando más despacio que de costumbre, madre.»
Se quedaron otra vez muy silenciosos. Finalmente, con una voz firme, animada, que sólo se quebró una vez, ella dijo:
«Le recuerdo andando con... le recuerdo andando con Tiny Tim en sus hombros muy deprisa.»
«Y yo también», exclamó Peter. «Con frecuencia.»
«¡Y yo también!» dijo otro. Todos se acordaban.
«Pero él pesaba tan poco», prosiguió ella, atenta a la labor, «y su padre le amaba tanto que no era una molestia, ninguna molestia. ¡Y ahí esta vuestro padre en la puerta!»
Se precipitó a su encuentro y el pobre Bob, con su bufanda de lana [L30]-la necesitaba el buen hombre- entró en la casa. Ya tenía el té preparado en la chapa de la cocina y todos procuraron anticiparse a los demás para servirle. Después, los dos jóvenes Cratchit se sentaron en sus rodillas y apoyaron en su rostro una pequeña mejilla como diciendo: «No te preocupes, padre. No estés triste.»
Bob estuvo muy animado con ellos y muy agradable con toda la familia. Contempló la labor que estaba sobre la mesa y alabó la habilidad y rapidez de la señora Cratchit y las chicas. Quedaría terminada mucho antes del domingo, les dijo.
«¡Domingo! Entonces, ¿fuiste hoy, Robert?», dijo su esposa.
«Sí, queridab, respondió Bob. «Me habría gustado que hubieras podido ir. Te habría tranquilizado ver lo verde que es ese sitio. Pero ya lo verás con frecuencia. Le prometí que iría andando un domingo. ¡Mi hijito, mi niño pequeño!», lloró Bob. «¡Mi niñito!»
Se desmoronó de una vez. No podía evitarlo. Tal vez hubiera podido si él y su hijo no hubiesen estado unidos tan estrechamente.
Salió de la habitación y subió al cuarto de arriba, que estaba alegremente iluminado y decorado con adornos navideños. Cerca del niño, había una silla y se notaba que alguien había estado allí poco antes. El pobre Bob se sentó, y después de meditar un momento se recuperó y besó aquella carita.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
35
36
37
38
39
40
41
42
43
44
45
46
47
48
49
50
>>>
Páginas
1-50
51-57
|