Cuentos de Navidad (Charles Dickens) - pág.44
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«Vamos al salón. Tú hace ya mucho tiempo que entras, ya lo sabes; y las otras dos no son extrañas. Esperad a que cierre la puerta de la tienda. ¡Ah, cómo rechina! Creo que en este sitio no hay un metal más herrumbroso que esas bisagras; y estoy seguro de que no hay aquí huesos más viejos que los mios. ¿Ja, ja! Todos llevamos muy bien el oficio, nos entendemos bien. Vamos a la sala. Pasad a la sala.»
La sala consistía en el espacio que quedaba tras la cortina de trapos. El viejo atizó el fuego con una vieja varilla de alfombra de escalera, despabiló la humeante lámpara (ya era de noche) con la boquilla de su pipa y la volvió a meter en la boca. Mientras lo hacía, la mujer que había hablado antes arrojó su fardo al suelo y se sentó en un taburete con ostensible complacencia cruzando los codos en sus rodillas y mirando con abierto desafio a los otros dos.
«¿Qué pasa, a ver? ¿qué pasa señora Dilber», dijo la mujer. «Todo el mundo tiene derecho a cuidar de lo suyo. ¡El siempre lo hizo!»
«¡Esa es una gran verdad!» dijo la lavandera. «El más que nadie.»
«Bueno, pues entonces no se quede ahí mirando como si tuviera miedo, mujer; ¿quién es el más precavido? Supongo que no vamos a andamos con miramientos.»
«¡Claro que no!», dijeron a la vez la señora Dilber y el hombre. «Esperemos que no.»
«Entonces, ¡muy bien!», exclamó la mujer. «Ya bastó. ¿A quién se perjudica con estas cuatro cosas? Supongo que al muerto no.»
«Claro que no», dijo la señora Dilber riendo.
«Si quería quedarse con las cosas después de muerto, el viejo malvado y tacaño», prosiguió la mujer, «por qué no fue una persona normal y corriente en vida? Si lo hubiera sido, alguien se habría ocupado de él cuando estaba tocado de muerte en vez de estar ahí tirado, solo, dando las últimas boqueadas. »
«Esa es la mayor verdad que se haya dicho nunca», dijo la señora Dilber. «Fue un castigo de Dios.»
«Lástima qué no haya sido un castigo un poco más abundante», replicó la mujer, «y os aseguro que lo hubiera sido si yo hubiera podido echar el guante a otras cosas. Abra el fardo, viejo Joe, y dígame cuánto vale. Hable claro. No me importa ser la primera ni que éstos lo vean. Antes de encontrarnos aquí ya sabíamos de sobra que nos estábamos socorriendo a nosotros mismos, creo yo. No es ningún pecado. Abra el fardo, Joe».
Pero la cortesía de sus amigos no lo iba a permitir y el hombre de negro desteñido abrió la brecha el primero y exhibió su botín. No era muy copioso. Un par de sellos, una caja de lapiceros, unos gemelos de camisa y un alfiler de corbata sin gran valor. Eso era todo. El viejo Joe examinó y valoró los objetos cuidadosamente y fue anotando con tiza en la pared las cantidades que estaba dispuesto a dar por cada uno; cuando vio que no había más, hizo la suma total.
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