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Cuentos de Navidad (Charles Dickens) - pág.41

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CUARTA ESTROFA

EL ULTIMO DE LOS ESPIRITUS

El fantasma se aproximó despacio, solemne y silenciosamente. Cuando estuvo cerca, Scrooge cayó de rodillas porque hasta el mismo aire en que el espíritu se movía parecía emanar desolación y misterio.
Iba envuelto en un ropaje de profunda negrura que le ocultaba la cabeza, el rostro, las formas, y sólo dejaba a la vista una mano extendida, de no ser por ella, habría sido difícil vislumbrar su figura en la noche y diferenciarle de la oscuridad que le rodeaba.
Scrooge notó que era alto y majestuoso y que su presencia misteriosa le llenaba de grave temor. Nada más podía discernir pues el espíritu ni hablaba ni se movía.
«¿Me hallo en presencia del Fantasma de la Navidad del Futuro?» dijo.
El espíritu no respondió, pero señaló hacia delante con la mano.
«Has venido para mostrarme las imágenes de cosas que no han sucedido pero sucederán más adelante», prosiguió Scrooge. «¿Es así, espíritu?»
Los pliegues de la parte superior del ropaje se contrajeron por un instante, como si el espíritu hubiera inclinado la cabeza. Esa fue la única respuesta.
Aunque por entonces ya estaba muy habituado a la compañía espectral, Scrooge tenía tanto miedo a la silenciosa figura que sus piernas le temblaban y se dio cuenta de que apenas lograba mantenerse en pie cuando se dispuso a seguirle. El espíritu hizo una pausa, como si hubiera observado su condición y le concediera tiempo para recuperarse.
Para Scrooge fue peor. Un vago horror le hizo estremecerse al saber que unos ojos fantasmales estaban fijamente clavados en él mientras sus propios ojos, forzados all máximo, no podían ver más que una mano espectral y un bulto negro.
«¡Fantasma del Futuro!», exclamó, «te tengo más miedo a ti que a cualquiera de los espectros que he visto. Pero sé que tu intención es hacerme el bien y como tengo la esperanza de vivir para convertirme en una persona muy distinta de la que fui, estoy dispuesto para soportar tu compañía y hacerlo con el corazón agradecido. ¿No vas a hablarme?»
No hubo contestación. La mano señalaba hacia delante.
«¡Dirígeme! », dijo Scrooge. «¡Dirígeme! Cae la noche y yo sé que el tiempo apremia. ¡Condúceme, espíritu! »
El fantasma se movió igual que se le había acercado. Scrooge le siguió a la sombra de su ropaje, que le sostenía -pensó- y le llevaba en volandas.
Casi no parecía que hubiesen entrado en la city, sino que la city parecía haber brotado por su cuenta para circundarles. Y allí estaban, en el mismo corazón de la city, en la Bolsa, entre los hombres de negocios que se apresuraban de aquí para allá, hacían tintinear las monedas en sus bolsillos, conversaban en grupos, miraban sus relojes, jugueteaban con sus grandes sellos de oro, tal como Scrooge les había visto hacer con mucha frecuencia.
El espíritu se detuvo al lado de un grupito de negociantes. Al observar que les estaba señalando con la mano, Scrooge avanzó para oír su conversación.


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