Cuentos de Navidad (Charles Dickens) - pág.34
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También les contó que había visto a una condesa y a un lord unos días antes, y que el lord «era de alto como Peter», ante lo cual Peter se subió los cuellos tanto que no se le podía ver la cabeza. Todo este rato, las castañas y la jarra hacían ronda, y después escucharon una canción sobre un niño perdido en la nieve; la cantaba Tiny Tim con una vocecita quejumbrosa, y la cantó realmente muy bien.
No había nada de alta categoría en lo que hacían. No eran una familia distinguida; no iban bien vestidos; sus zapatos estaban lejos de ser impermeables; sus ropas eran escasas, y Peter podría haber conocido, y es muy probable que así fuera, el interior de una casa de empeños. Pero estaban felices, agradecidos y satisfechos unos de otros, y contentos con el presente. Cuando empezaron a perderse de vista, todavía parecían más felices, con el brillante chisporroteo de la antorcha del espíritu que se marchaba, y hasta el último instante Scrooge no apartó de ellos sus ojos, sobre todo de Tiny Tim.
En aquellos momentos comenzaba a oscurecer y nevaba intensamente. Scrooge y el espíritu se fueron por las calles; era maravilloso el resplandor de los fuegos rugientes en las cocinas, salones y toda clase de habitaciones. Aquí, el revoloteo de las llamas dejaba ver los preparativos para una agradable cena, con platos calentándose junto a la lumbre y cortinas de color rojo oscuro a punto de ser corridas para aislar del frío y la oscuridad. Allá, todos los niños de la casa salían corriendo en la nieve para recibir a sus hermanas casadas, hermanos, primos, tíos, tías... , y ser el primero en felicitarles. Aquí se reflejaban en las celosías las sombras de los invitados reuniéndose, y allá un grupo de chicas guapas, todas con capucha y botas de piel y parloteando a la vez, se dirigían a paso rápido hacia la casa de algún vecino donde, ¡ay del soltero que las viera entrar arreboladas -bien lo sabían ellas, astutas hechiceras!
Pero a juzgar por el número de personas que se encaminaban a reuniones amistosas, cualquiera diría que en las casas no habría nadie para dar la bienvenida; sin embargo, en todas se esperaba compañía y se avivaban las lumbres hasta la altura de media chimenea. ¡Cómo exultaba el fantasma! ¡Cómo henchía su desnudo pecho la respiración! ¡Cómo abría la palma de su mano libre y regaba a chorros generosos todo lo que quedaba a su alcance con inofensivo regocijo! El mismo farolero, que corría antes de puntear con motas de luz la calle lúgubte, iba arreglado para pasar la noche en alguna parte y, sin más compañía que la Navidad, se rió sonoramente cuando pasó el espíritu.
Y ahora, sin una sola palabra de advertencia del fantasma, se detuvieron en un hostil y desierto páramo, con monstruosas masas pétreas diseminadas como si fuera un cementetio de gigantes. El agua corría por todas panes -al menos así lo habría hecho si la helada no tuviera prisionera-, y sólo crecían musgos, tojos y densas matas de burda hierba.
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