Cuentos de Navidad (Charles Dickens) - pág.32
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Pero ahora la señorita Belinda cambió los platos mientras la señora Cratchit salía del cuarto sola -demasiado nerviosa para soportar testigos- para sacar el pudding y traerlo a la mesa.
¡Supongamos que no esté bien cocido! ¡Supongamos que se rompa al sacatlo! ¡Supongamos que alguien haya saltado la pared del patio y lo haya robado mientras festejábamos la oca! -suposición que puso lívidos a los dos jóvenes Cratchit-. Toda clase de horrores fueron supuestos.
¡Vaya! ¡Mucho vapor! El pudding se sacó del barreño. ¡Un olor como el de los días de hacer colada! Era el paño. Un olor como el de un restaurante situado al lado de una confitería y una lavandería. Era el pudding. La señora Cratchit volvió en medio minuto, acalorada pero sonriendo con orgullo, con un pudding como una bala de cañón moteada, denso y firme, flambeado con la mitad de medio cuartillo de brandy y omado de acebo en la parte superior.
Bob Cratchit dijo que era un pudding maravilloso y que lo consideraba lo mejor que la señora Cratchit había hecho desde que se habían casado. La señora Cratchit dijo que, ahora que ya se le había quitado el peso de encima, confesaría que había tenido sus dudas sobre la cantidad de la harina. Todos tenían algo que decir sobre el pudding, pero nadie dijo, ni pensó, que era pequeño para una familia tan grande; hacerlo hubiera sido como una blasfemia. Todos ellos habrían enrojecido ante una insinuación semejante.
Al terminar la cena se despejó el mantel, se barrió la zona de la chimenea y se recompuso el fuego. Se probó la mezcla de la jarra y se consideró perfecta, se trajeron a la mesa manzanas y naranjas y se metió al fuego una paletada de castañas. Luego toda la familia Cratchit se agrupó en tomo a la chimenea, en lo que Bob Cratchit llamaba «círculo» queriendo indicar medio círculo; y al lado de Bob Cratchit se desplegaba la cristalería de la familia: dos vasos y un recipiente para natillas, sin mango, que sirvieron para el líquido caliente de la jarra tan bien como si hubieran sido copas de oro. Bob lo escanció con expresión radiante, mientras las castañas en el fuego chascaban y se resquebrajaban ruidosamente. Luego Bob brindó:
«Felices Pascuas a todos nosotros, queridos. ¡Que Dios nos bendiga!
Toda la familia lo repitió.
«¡Dios bendiga a cada uno de nosotros! », dijo Tiny Tim en último lugar. Estaba sentado muy cerca de su padre, en su pequeño escabel. Bob sostenía en su mano la manita marchita del niño, como si le amase, como si quisiera tenerle muy cerca de sí y temiera que se lo arrebatasen.
«Espíritu», dijo Scrooge con un interés que nunca antes había sentido, «dime si Tiny Tim vivirá».
«Veo un sitio vacante», contestó el fantasma, «en ese pobre rincón de la chimenea, y una muleta sin dueño amorosamente conservada. Si esas sombras permanecen sin cambios en el futuro, el niño morirá».
«No, no», dijo Scrooge. «¡Oh, no, amable espíritu! Dime que se salvará».
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