Cuentos de Navidad (Charles Dickens) - pág.29
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La antorcha era de una clase muy poco corriente, pues en una o dos ocasiones en que algunos de los que acarreaban las cenas tropezaron con otros y hubo palabras mayores, el espíritu los roció con unas gotas de agua de la antorcha, y de inmediato recuperaron el buen humor; decían que era una vergüenza disputar en el día de Navidad. ¡Y era muy cierto!
Las campanas dejaron de sonar y se cerraron las panaderías, pero permaneció una confortante y vaga representación de todas esas cenas en el derretido manchón de humedad sobre cada horno de panadero, donde el suelo todavía humeaba como si se estuvieran cociendo las losas.
«¿Tiene algún sabor especial eso que salpicas con la antorcha?», preguntó Scrooge.
«Sí lo tiene. Mi propio sabor».
«¿Serviría para cualquier cena de hoy?», preguntó Scrooge.
«Para cualquiera que se celebre con afecto. Pero más para una cena pobre».
«¿Por qué más para una pobre?», preguntó Scrooge.
«Porque lo necesita más».
«Espíritu», dijo Scrooge tras un momento de vacilación, «de todos los seres que hay en los muchos mundos que nos rodean, me asombra que seas tú el que más desea restringir las oportunidades de esa gente para disfrutar inocentemente».
«¡Yo!», exclamó el espíritu.
«Les quitarías sus medios para poder cenar cada séptimo día, a menudo el único día en que se puede decir que cenan», dijo Scrooge, «¿verdad?:..
«¡Yo! », exclamó el espíritu.
«¿No quieres que se cierren estos locales los días del Señor?», dijo Scrooge. «Pues llegas al mismo resultado».
« ¡Que yo quiero! », exclamó el fantasma.
«Perdóname si me equivoco. Se ha hecho en tu nombre o, al menos, en el de tu familia», dijo Scrooge.
«En esta tierra tuya hay algunos», replicó el espíritu; «que pretenden conocernos y que cometen sus actos de pasión, orgullo, mala voluntad, odio, envidia, beatería y egoísmo en nuestro nombre; pero son tan ajenos a nosotros y nuestro género como si nunca hubieran vivido. Recuerda esto y échales la culpa a ellos, no a nosotros[L21]».
Scrooge prometió que así lo haría y se marcharon, invisibles igual que antes, hacia los suburbios de la ciudad. Una notable cualidad del fantasma (Scrooge la había observado en la panadería) consistía en que, pese a su talla gigantesca, podía acoplarse a cualquier sitio fácilmente, y mantenía su gracia de criatura sobrenatural tanto si el techo era muy bajo como si se encontraba en un grandioso vesti´bulo.
Y tal vez por el placer que el buen espíritu encontraba en demostrar esa facultad, o bien por su propia naturaleza generosa, afable, cordial, y su simpatía por los pobres, condujo a Scrooge asido a su manto directamente a casa de su escribiente. En el umbral, el espíritu sonrió y se detuvo para bendecir el hogar de Bob Cratchit con las aspersiones de su antorcha. ¡Imagínate! Bob sólo ganaba quince «pavos[L22]» a la semana; los sábados no se embolsaba más que quince copias de su propio nombre, ¡y a pesar de todo el fantasma de la Navidad del Presente bendijo su casa de cuatro habitaciones!
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