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Cuentos de Navidad (Charles Dickens) - pág.25

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Página 25 de 57


«Son lo que son ¡No me eches la culpa! »
«¡Sácame!», exclamó Scrooge. «¡No lo resisto!».
Se giró hacia el fantasma y viendo que le contemplaba con un rostro en el que, de cierto modo extraño, había fragmentos de todos los rostros que le había mostrado, forcejeó con él.
«¡Déjame! ¡Llévame de vuelta! ¡No sigas hechizándome!».
En el forcejeo, si se puede llamar forcejeo aunque el fantasma, sin resistencia notaria por su parte, no parecía afectado por los esfuerzos de su adversario, Scrooge observó que su luz era intensa y brillante; vagamente asoció este hecho con el influjo que sobre él ejercía, y agarró el gorro-apagador y, con un movimiento repentino, se le incrustó en la cabeza.
El espíritu cayó debajo, de manera que el apagador le cubrió totalmente. Pero aunque Scrooge lo presionaba con todas sus fuerzas, no pudo apagar la luz, que salía por debajo en chorro uniforme sobre el suelo.
Se sentía agotado y vencido por un irresistible sopor; también se dio cuenta de que estaba en su propio dormitorio. Dio un último empujón al gorro y su mano se relajó; apenas tuvo tiempo de llegar tambaleante a la cama antes de hundirse en un sueño profundo.

TERCERA ESTROFA

EL SEGUNDO DE LOS TRES ESPIRITUS

Cuando se despertó en medio de un prodigioso ronquido y se sentó en la cama para aclarar sus ideas, nadie podía haver avisado a Scrooge de que estaba a punto de dar la una. Supo que había recobrado la conciencia justo a tiempo para mantener una entrevista con el segundo mensajero, que se le enviaba por mediación de Jacob Marley. Pero sintió un frío desagradable cuando empezó a preguntarse qué cortina descorrefia el nuevo espectro; por eso las recogió todas él mismo, se tumbó de nuevo y dirigió una cortante ojeada en torno a su cama. Quería plantar cara al espíritu cuando apareciera y no deseaba que le cogiera desprevenido porque se pondría nervioso.
Los caballeros del tipo poco ceremonioso, que se jactan de conocer bien la aguja de marear a cualquier hora del día o de la noche, expresan su amplia capacidad para la aventura diciendo que son buenos para cualquier cosa, desde jugar a «cara o cruz» hasta cometer un asesinato; entre estas dos actividades extremas, qué duda cabe, hay toda una amplia gama. Sin atteverme a decir otro tanto de Scrooge, no es equivocado pensar que estaba preparado para recibir una gran variedad de extrañas apariciones y que nada, desde un bebé hasta un rinoceronte, le habría cogido muy de sorpresa.
Ahora bien, al estar preparado para casi todo, en modo alguno estaba preparado para nada. Por consiguiente, cuando la campana dio la una y no apareció ninguna forma, Scrooge fue presa de violentos temblores. Cinco minutos, diez, un cuarto de hora, una hora... y nada. Todo ese tiempo permaneció tendido encima de la cama, que se había convertido en origen y centro del resplandor de luz rojiza que había fluido sobre ella cuando el reloj proclamó la hora; al no ser más que luz resultaba más alarmante que una docena de fantasmas porque él era incapaz de adivinar su significación y su propósito.


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