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Cuentos de Navidad (Charles Dickens) - pág.24

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Página 24 de 57


¡De ninguna manera! Lo que sí habría hecho, como hizo aquella intrépida y joven nidada, es tantear su cintura jugando; me habría gustado que, como castigo, mi brazo hubiera crecido en torno a su cintura y nunca pudiera volver a enderezarse. Y también me habrá encantado tocar sus labios y haberle hecho preguntas para que los abriese; haber mirado las pestañas de sus ojos bajos sin provocar un rubor; haber soltado las. ondas de su pelo y conservar un mechón como recuerdo de valor incalculable; en suma: me habría gustado, lo confieso, haberme tomado las libertades de un niño siendo un hombre capaz de conocer su valor.
Pero ahora se escuchó una llamada en la puerta, inmediatamente seguida de tales carreras que ella, con un rostro risueño y el vestido arrebatado, fue arrastrada hacia el centro de un acalorado y turbulento grupo justo a tiempo para saludar al padre que llegaba al hogar, auxiliado por un hombre cargado de juguetes navideños y regalos. Luego todo fue vocear, luchar y asaltar violentamente al indefenso porteador. Le escalaron con sillas, bucearon en sus bolsillos, le expoliaron los paquetes envueltos en papel marrón, le sujetaron por la corbata, se le colgaron del cuello, aporrearon su espalda, y le dieron patadas en las piernas con un amor irreprimible. ¡Las exclamaciones de admiración y contento que siguieron a cada apertura de paquete! ¡La terrible noticia de que habían sorprendido al bebé en el momento de llevarse a la boca una sartén de juguete, y se sospechaba con mucho fundamento que se había tragado un pavo pegado a una planchita de madera! ¡El alivio inmenso al descubrir que era una falsa alarma! ¡El gozo, la gratitud, el éxtasis! No es posible describirlos. Baste decir que, por orden de gradación, los niños y sus emociones salieron del salón y, de uno en uno, se fueron por una escalera a la parte más alta de la casa; allí se metieron en la cama y, por consiguiente, se apaciguaron.
Y ahora Scrooge miró con mayor atención que nunca, cuando el señor de la casa, con su hija cariñosamente apoyada en él, se sentó con ella y con la madre en su sitio junto al fuego. A Scrooge se le nubló la vista cuando pensó que una criatura tan grácil y llena de promesas como aquella podría haberle llamado «padre» y ser una primavera en el macilento invierno de su vida.
«Belle», dijo el marido volviéndose sonriente hacia su mujer, «esta tarde he visto a un viejo amigo tuyo».
«¿Quién era?».
«No sé... ¡Ya lo sé!», añadió de un tirón, riendo sin Parar. «El señor Scrooge».
«Era el señor Scrooge. Pasé por delante de su despacho y como tenía encendida la luz, casi no pude evitar el verle. He oído decir que su socio se está muriendo y allí estaba él solo, sentado. Solo en la vida, creo yo».
«¡Espíritu!», dijo Scrooge con la voz quebrada, «sácame de aquí».
«Te he dicho que éstas eran sombras de las cosas que han sido», dijo el fantasma.


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