Cuentos de Navidad (Charles Dickens) - pág.21
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Cuando se vio el resultado, el viejo Fezziwig, dando palmadas para detener la danza, gritó: ¡Muy bien!, y el violinista hundió su rostro acalorado en un gran tanque de cerveza, especial para la ocasión. Sin querer más descanso, volvió a empezar al instante, aunque todavía no tenía bailarines, como si al violinista anterior lo hubiesen tenido que llevar a su casa agotado. Ahora parecía un hombre nuevo, dispuesto a vencer o morir.
Hubo más danzas; luego, juego de prensas y más danzas; había tarta, sangría caliente, un gran pedazo de asado frío y un gran pedazo de hervido frío, pastelillos de carne y abundante cerveza. Pero el gran efecto de la velada se produjo tras el asado y el hervido, cuando el violinista (un perro viejo; la clase de persona que sabía lo que hacía mejor que nadie) atacó los acordes de «Sir Roger de Coverley». El viejo Fezziwig sacó a bailar a la señora Fezziwig, encabezando la danza otra vez frente a unas parejas que no se achicaban fácilmente, gente capaz de danzar aunque no tuviesen noción de andar.
Pero aunque hubiesen sido muchas más parejas, el viejo Fezziwig habría podido medir fuerzas con todos, y lo mismo la señora Fezziwig. Por lo que a ella respecta, merecía emparejarse con él en todos los sentidos de la palabra, y si ésta no es alabanza suficiente, digaseme otra y la utilizaré. Ellas brillaban como lunas en todas las fases de la danza. No se podía predecir qué harían al momento siguiente. Y cuando el viejo Fezziwig y señora realizaron todas las figuras de la danza -avance y retirada, sujetando a la pareja de las manos, inclinación y reverencia; movimiento en espital; «enebra la aguja y vuelve a tu sitio»-, Fezziwig «cortó»; cortó tan gallardamente que pareció parpadear con las piernas en el aire antes de caer de pie sin una vacilación.
Este baile doméstico se dio por terminado cuando sonaron las once. El señor y señora Fezziwig tomaron posiciones a ambos lados de la puerta y fueron dando la mano a todos, uno por uno, a medida que salían, y al mismo tiempo les desearon Felices Navidades. Lo mismo hicieron con los dos aprendices; se fueron apagando las voces alegres y los dos chicos se dirigieron a sus camas, situadas bajo un mostrador de la trastienda.
Durante todo este tiempo Scrooge actuó como un hombre fuera de sus cabales. Su corazón y su alma estaban puestos en la escena con su antiguo ser. Lo corroboraba todo, recordaba todo, disfrutaba con todo, y era presa de la más extraña agitación. Hasta que los iluminados rostros de Dick y su yo anterior quedaron fuera de la vista, no se había acordado del fantasma, y ahora fue consciente de que éste le miraba intensamente mientras la luz de su cabeza iluminaba con brillante claridad.
«Con qué poca cosa», dijo el fantasma, «se sienten llenos de gratitud esos dos tontos».
«¡Poca cosa!», repitió Scrooge.
El espiritu le hizo seña de que escuchase a los dos aprendices, que se deshacían en alabanzas de Fezziwig.
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