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Cuentos de Navidad (Charles Dickens) - pág.19

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¡Ya vas a ser un hombre», dijo la niña, abriendo los ojos, «y nunca vas a volver aquí; estaremos juntos toda la Navidad y será lo más maravilloso del mundo!»
«¡Eres toda una mujer, Fan!», exclamó el chico.
Ella palmoteaba, reía a intentó llegarle a la cabeza, pero era demasiado pequeña y reía otra vez, y se puso de puntillas para abrazarle. Luego empezó a arrastrarle, con infantil impaciencia, hacia la puerta, y él de muy buen grado la acompañó.
Una voz terrible gritó en el vestíbulo «¡Bajad el baúl del Sr. Scrooge, aquí!». Y en el vestíbulo apareció el director de la escuela en persona, observó al Sr. Scrooge con feroz condescendencia y le estrechó las manos, sumiéndole en un estado de terrible confusión. A continuación condujo a Scrooge y su hermana hasta la sala de visitas más estremecedora que se haya visto, donde los mapas en la pared y los globos terráqueos y celestes en las ventanas estaban cerúleos por el frio. Allí sacó una licorera de vino sospechosamente claro, y un bloque de pastel sospechosamente denso, y administró a los jóvenes «entregas» de tales exquisiteces. Al mismo tiempo, envió fuera a un enflaquecido sirviente para que ofreciese un vaso de «algo» al chico de la posta, quien respondió que daba las gracias al caballero, pero si lo que le iban a dar salía del mismo barril que ya había probado anteriormente, prefería no tomarlo. El baúl del señor Scrooge ya estaba amarrado en el carruaje; los niños se despidieron gustosos del director de la escuela, se acomodaron en él y rodaron alegremente hacia la curva del parque, las veloces ruedas pulverizaban y rociaban de escarcha y de nieve las oscuras hojas perennes de los arbustos.
«Fue siempre una criatura tan delicada que podía caerse con un soplo. ¡Pero qué gran corazón tenía!», dijo el fantasma.
«¡Sí que lo tenía!», lloró Scrooge. «Tienes razón. No seré yo quien lo niegue, espíritu. ¡Dios me libre!».
«Murió cuando ya era una mujer», dijo el espíritu, «y tenía, creo, hijos».
«Un hijo», puntualizó el fantasma. «¡Tu sobrino!».
Scrooge sintió malestar y contestó solamente «sí».
Aunque sólo hacía un momento que había dejado atrás la escuela, ahora se encontraban en la bulliciosa arteria de una ciudad, donde sombras de transeúntes pasaban y volvían a pasar, donde sombras de carruajes y coches luchaban por abrirse paso, y donde se producía todo el tumulto y estrépito de una ciudad real. Por el adorno de las tiendas se notaba claramente que también allí era el tiempo de la Navidad. Pero era una tarde y las calles ya estaban alumbradas.
El fantasma se detuvo en la puerta de cierto almacén y preguntó a Scrooge si lo conocía.
«¡Conocerlo!», dijo, «¿Acaso no me pusieron de aprendiz aquí?».
Ante la visión de un viejo caballero con peluca galesa, sentado tras un pupitre tan alto que si él hubiese sido dos pulgadas más alto su cabeza habría chocado contra el techo, Scrooge exclamó con gran excitación:
«¡Pero si es el viejo Fezziwig!, ¡Dios mio, es Fezziwig vivo otra vez!».


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