Cuentos de Navidad (Charles Dickens) - pág.18
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¿No lo ves! ¡Y el caballerizo del Sultán colocado por los Genios boca abajo, ahí está de cabeza! ¡Se lo merecía; me alegro, ¿quién le mete a casarse con la princesa[L15]?!.
Los hombres de negocios que conocían a Scrooge se habrían llevado una sorpresa mayúscula si le hubiesen visto gastar toda su energía en tales asuntos, con un tono de voz de lo más singular, a medio camino entre la risa y el llanto, y si hubiesen observado su rostro excitado y acalorado.
«¡Ahí está el Loro!», exclamó Scrooge. «El cuerpo verde y la cola amarilla, con algo parecido a una lechuga saliéndole de lo alto de la cabeza. ¡Ahí está! Pobre Robin Crusoe, le dijo cuando volvió a casa tras navegar alrededor de la isla. "Pobre Robin Crusoe, ¿dónde has estado Robin Crusoe?". El hombre pensó que soñaba, pero no. Era el loro, ¿verdad?. ¡Allá va Viernes, corriendo hacia la pequeña ensenada para salvarse! ¡Vámos! ¡Corre!».
Después, con una repentina transición, muy lejana a su habitual carácter, dijo compadeciéndose de su pasado: «¡Pobre muchacho!», y volvió a llorar.
«Desearía...», murmuró metiendo la mano en el bolsillo y mirando alrededor, tras secar los ojos con la manga, «pero ahora ya es demasiado tarde».
«¿De qué se trata», preguntó el espíritu.
«Nada», contestó Scrooge, «nada. Anoche, un chico estuvo cantando un villancico en mi puerta. Desearía haberle dado algo; eso es todo».
El fantasma sonrió pensativamente a hizo un ademán con la mano mientras decía: «¡Veamos otra Navidad!».
Con estas palabras, la persona del Scrooge juvenil se hizo mayor y la estancia se volvió un poco más oscura y más sucia. Los paneles encogidos, las ventanas rotas; fragmentos de yeso se habían desprendido del techo dejando a la vista las rasillas. Pero Scrooge no sabía cómo se habían producido estos cambios; no sabía más que tú, lector. Lo único que sabía es que era cierto, así había sucedido; y sabía que él estaba allí, otra vez solo, cuando todos los demás chicos se habían ido a casa a pasar las festivas vacaciones.
Ahora no estaba leyendo sino dando pasos arriba y abajo, desesperado. Scrooge miró al fantasma y con un dolorido movimiento de negación con la cabeza, dirigió una mirada llena de ansiedad hacia la puerta. La puerta se abrió y una niñita, de edad mucho menor que el muchacho, entró como una exhalación, le echó los brazos al cuello y le besaba repetidamente llamándole «Querido, querido hermano».
«¡He venido para llevarte a casa, querido hermano!», decía la niña palmoteando con sus manos pequeñas y encogida por las risas. ¡Para llevarte a casa, a casa, a casa!
«¿A casa, mi pequeña Fan?», contestó el muchacho.
«¡Sí!», dijo la niña desbordante de felicidad. «A casa, a casa para siempre. Ahora Padre está mucho más amable, nuestra casa parece el cielo. Una bendita noche, cuando me iba a la cama, me habló tan cariñoso que me atreví a preguntarle una vez más si tú podrías volver; y dijo que sí, que era lo mejor, y me mandó en un coche a buscarte.
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