Cuentos de Navidad (Charles Dickens) - pág.17
Indice General
|
Volver
Página 17 de 57
«No son conscientes de nuestra presencia».
La bulliciosa comitiva se iba acercando; Scrooge sabía los nombres de todos. ¡Cómo disfrutó al verlos! ¡Qué brillo tenían sus fríos ojos y qué palpitaciones en su corazón mientras pasaban! Se sintió inundado de gozo cuando les oyó felicitarse la Navidad, al despedirse en los cruces de los caminos para ir cada cual a su hogar ¿Qué era para Scrooge la Feliz Navidad? ¡Y dale con feliz Navidad! ¿Qué bien le había proporcionado a él?
«La escuela no está vacia del todo», dijo el fantasma. «Aún queda allí un niño solitario, abandonado por sus compañero».
Scrooge dijo que ya lo sabía. Y sollozó.
Dejaron la carretera principal para continuar por un sendero, bien recordado y enseguida llegaron a una mansión de ladrillo rojo deslucido, con una cúpula en el tejado coronada por una veleta de gallo y una campana. Era una gran casa, pero venida a menos. Las espaciosas dependencias se utilizaban muy poco y las paredes estaban húmedas y enmohecidas, las ventanas rotas, las puertas vencidas. Por los establos se contoneaban y cacareaban las aves de corral. La hierba invadía cocheras y cobertizos. El interior de la casa no había conservado mejor su antiguo esplendor; cuando penetraron en el sombrío vestíbulo y dieron un vistazo por las puertas abiertas de numerosas habitaciones, las encontraron pobremente amuebladas, frías y destartaladas. Había algo en el aire, en la desolada desnudez del lugar, que de alguna manera se asociaba al hecho de madrugar demasiado y comer muy poco.
El fantasma y Scrooge atravesaron el vestíbulo hasta llegar a una puerta en la parte trasera de la casa. Se abrió y dio paso a un cuarto largo, melancólico y desnudo, desnudez aún más acentuada por las sencillas alineaciones de bancos y pupitres. En uno de ellos, un muchacho solitario leía cerca de un fuego exiguo. Scrooge se sentó en un banco y se le cayeron las lágrimas al ver su pobre y olvidada persona tal y como había sido.
El eco latía en la casa, chilliditos y carreras de ratones tras el entarimado, un goteo de la fuente semicongelada del deslucido patio trasero, un susurro entre las ramas sin hojas de un álamo desesperado, el inútil balanceo de una puerta de despensa vacía, el chisporroteo del fuego, llegaron al corazón de Scroope con su influjo enternecedor y dieron rienda suelta a sus lágrimas.
El espiritu le tocó en el brazo y señaló hacia su joven persona, absorta en la lectura. De pronto, apareció tras la ventana un hombre maravillosamente real y visible, exóticamente ataviado, con una segur en su cinturón y llevando de la brida un asno cargado de leña.
«¡Es Alí Babá!», exclamó Scrooge extasiado. «¡Es mi querido y honrado Alí Babá! ¡Sí, sí, yo lo se! Una Navidad, cuando aquel niño solitario tuvo que quedarse aquí completamente solo, él vino, por primcra vez, igual que ahora. ¡Pobre muchacho! ¡Y Valentine y su hermano salvaje Orson[L14], ahí van! ¡Y ese otro, ¿cómo se llama?, al que pusieron en calzoncillos, dormido, en la puerta de Damasco.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
35
36
37
38
39
40
41
42
43
44
45
46
47
48
49
50
>>>
Páginas
1-50
51-57
|