Cuentos de Navidad (Charles Dickens) - pág.16
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Con la mayor reverencia, Scrooge negó cualquier intención de ofender y todo conocimiento de haber «encapotado» voluntariamente al espíritu en ningún momento de su vida.
Luego le preguntó abiertamente qué asuntos le habían llevado allí.
«¡Tu propio bien!», dijo el fantasma.
Scrooge expresó sus agradecimientos, pero sin dejar de pensar que para alcanzar esa finalidad hubiera sido preferible dejarle descansar toda la noche, sin sobresaltos. El espíritu debió de leer su pensamiento porque dijo de inmediato:
«¡Y todavía te quejas! ¡Ten cuidado!
Y al decir esto, extendió su poderosa mano y le agarró por brazo con suavidad.
«¡Levántate y ven conmigo!»
De nada habría servido que Scrooge arguyera que ni el clima ni la hora resultaban los más adecuados para sus propósitos peatonales, ni que la cama estaba caliente y el termómetro muy por debajo del punto de congelación; ni que iba muy ligero de ropa, en zapatillas, bata y gorro de dormir, o que estaba sufriendo un resfriado. El apretón, aunque suave como el de una mano femenina, era ineludible. Scrooge se levantó, pero al ver que el espíritu se dirigía a la ventana se colgó de su túnica y suplicó:
«Yo soy hombre mortal y podría caerme».
«Basta un simple toque de mi mano ahí», dijo el espíritu posándola sobre su corazón, «y quedarás salvo para esto y más aún».
Tras pronunciar estas palabras, atravesaron la pared y fueron a dar a una carretera en plena campiña, con campos de labor a ambos lados. La ciudad se había desvanecido por completo, hasta el último vestigio. La oscuridad y la bruma habían desaparecido con la ciudad, dando paso a un día invernal, claro y con nieve cubriendo el suelo.
«¡Cielo Santo!», dijo Scrooge enlazando sus manos y observando el entorno. «¡Yo nací en este lugar! ¡Aquí pasé mi infancia! ».
El espíritu le miró de soslayo con indulgencia. El suave toquecito, aunque ligero y breve, parecía seguir afectando a las sensaciones del anciano, percibía mil olores flotando en el aire, cada cual relacionado con mil recuerdos, ilusiones y preocupaciones, olvidados largo, largo tiempo atrás.
«Te tiemblan los labios», dijo el fantasma. «Y ¿qué tienes en la mejilla?»
Scrooge musitó, con inusual vacilación en la voz, que era un grano, y rogó al fantasma que le llevara a donde tuviera que llevarle.
«¿Recuerdas el camino?», interrogó el espíritu.
«¡Que si lo recuerdo!», exclamó Scrooge con fervor. «Podría reconocerlo a ciegas».
«Es raro que te hayas olvidado durante tantos años», observó el fantasma. «Vámonos».
Echaron a andar por la carretera. Scrooge iba reconociendo cada portilla, cada poste, cada árbol, hasta que apareció en la lejanía un pueblecito con su puente, iglesia y serpenteante río. Ahora veían trotar, en dirección a ellos, unos cuantos caballitos peludos, montados por chicos que llamaban a otros chicos subidos en carretas y carros conducidos por granjeros. Todos manifestaban gran animación y el ancho campo terminó llenándose de una música tan alegre que hasta el aire fresco se reía al escucharla.
«Solamente son las sombras de lo que ha sido», dijo el fantasma.
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