Cuentos de Navidad (Charles Dickens) - pág.15
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Al instante, la habitación quedó inundada de luz y se corrieron los cortinajes de su cama.
Las cortinas de la cama fueron descorridas -lo aseguro- por una mano. No las coronas de la cabecera ni de los pies, sino las del lado hacia el que miraba. Las cortinas de la cama fueron descorridas; Scrooge se incorporó precipitadamente y, en postura semi-recostada, se encontró cara a cara con el visitante ultraterrenal que las había descorrido. Estaba tan cerca de él como yo lo estoy de ti, lector, y en espíritu estoy a tu lado.
Era un extraño personaje, como un niño, y sin embargo parecía un anciano visto a través de una cierta áurea sobrenatural que le daba el aspecto de haber ido retrocediendo del campo visual hasta quedar reducido a las proporciones de un niño. El cabello le caía hasta los hombros y era blanco; como el de un anciano, sin embargo, no había arrugas en su rostro sino la más aterciopelada lozanía. Tenía unos brazos muy largos y musculosos, igual que las manos, dando una impresión de fuerza excepcional. Sus piernas y pies, al igual que los miembros superiores, estaban desnudos y maravillosamente conformados. Vestía una túnica inmaculadamente blanca y ceñía su cintura un lustroso cinturón con hermoso brillo. En la mano llevaba una rama verde de acebo y, en extraña contradicción con tal invemal emblema, su ropaje estaba salpicado de flores estivales. Pero lo más sorprendente era el chorro de luz fulgente que le brotaba de la coronilla y hacía visibles todas estas cosas. También tenía un gorro con forma de gran matacandelas, que ahora llevaba bajo el brazo, pero sin duda utilizaría en los momentos de apagamiento.
Con todo, no era esto lo más extraordinario. Cuando Scrooge le miró con creciente atención vio que el cinturón destellaba y titilaba ora en un punto, ora en otro, y donde en un instante había luz, en otro momento estaba apagado, de manera que fluctuaba la propia imagen del personaje: ahora era una cosa con un brazo, ahora con una pierna, después con veinte piernas, o un par de piernas sin cabeza, o una cabeza sin cuerpo. Las partes que se disolvían estaban fundidas con las densas tinieblas de modo que nada de ellas se podía vislumbrar. Y lo maravilloso es que reaparecía nuevamente con más claridad y nitidez que antes.
«¿Es usted, señor, el espíritu cuya llegada se me anunció?», preguntó Scrooge.
«Yo soy».
La voz era suave y afable, curiosamente apagada, como si en vez de estar tan cerca, hablase desde lejos.
«¿Quién y qué es usted!», preguntó Scrooge.
«Soy el fantasma de la Navidad del Pasado».
«¿Pasado lejano?», inquirió Scrooge mientras observaba su estatura minúscula. .
«No. Tu pasado».
Si alguien le hubiera preguntado, Scrooge tal vez no habría sabido explicar la razón, pero sentía un deseo especial de ver al espiritu con el gorro puesto y le rogó que se cubriera.
«¡Qué dices!», exclamó el fantasma, «¿ya quieres apagar, con tus manos mundanas, la luz que te doy? ¿No te basta con ser uno de esos cuyas pasiones hicieron este gorro y me han obligado a llevarlo encasquetado hasta las cejas durante años y años?».
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