Canción de Navidad (Charles Dickens) - pág.14
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¡Bien! -decía uno, Por fin el diablo cogió lo suyo, ¿eh?
-Eso me han dicho -replicó el otro, Hace frío, ¿verdad?
Ni una palabra más. Scrooge estuvo a punto de sorprenderse de que el espíritu
concediese importancia a conversaciones tan triviales, pero no dudando de que
tendrían un significado para su propio interés, resolvió observar con cuidado lo
que oyese y pudiera ver.
Abandonaron el bullicio y entraron en una parte oscura de la ciudad. Al fondo
había una tienda sombría donde se compraban desperdicios y cosas usadas. Sentado
en medio de las mercancías se hallaba un bribón de casi setenta años.
Scrooge y el fantasma llegaron en el preciso instante en que una mujer, con un
envoltorio, entraba furtivamente a la tienda. Pero apenas hubo entrado, cuando
otra mujer con una carga similar lo hizo también; y ésta fue seguida
inmediatamente por un hombre.
-Nos hemos reunido aquí los tres sin ponernos de acuerdo -dijo la primera que
entró.
-No os podríais haber reunido en sitio mejor -dijo el viejo traficante.
-Pues, muy bien -exclamó la mujer-. ¿A quién se hace mal por la pérdida de unas
pocas cosas como estas? Supongo que al muerto, no. Si ese viejo avaro hubiese
querido conservarlas después de su muerte ¿por qué no fue como los demás durante
su vida? Si así hubiese sido, habría tenido a alguien que cuidase de él cuando
la muerte lo golpeó, en vez de estar tumbado solo, exhalando el último suspiro.
-Esa es la verdad más grande que jamás se ha dicho. Esa es su sentencia.
-Abre ese envoltorio, viejo, y dime lo que vale.
No era mucho. Un sello, un par de gemelos, un broche de poco valor. La otra
mujer traía sábanas, toallas, alguna ropa y algunas botas. En el último
envoltorio había unas cortinas de cama.
¡No me vas a decir que las quitaste mientras él estaba allí tumbado! -dijo el
viejo.
-Claro que sí. ¿Por qué no? Me figuro que no cogería frío sin ellas.
Scrooge escuchaba horrorizado esta conversación.
-Espíritu -dijo Scrooge temblando de pies a cabeza-. Ya veo. El caso de este
pobre hombre podría ser el mío. Mi vida ahora camina hacia ese final. ¡Cielo
santo! ¿Qué es esto?
La escena había cambiado y ahora se encontraban casi tocando una cama, desnuda y
sin cortinas. Una pálida luz caía sobre la cama, y en ella, saqueado y
despojado, sin que nadie lo velase, yacía el cuerpo de un hombre cubierto hasta
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