Canción de Navidad (Charles Dickens) - pág.9
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Me ha desplazado otro ídolo.
Y no tengo de qué quejarme si en el futuro te anima y ayuda como yo habría
procurado hacer.
-¿Qué ídolo te ha desplazado?
-Uno de oro. He visto caer una a una tus más nobles aspiraciones, hasta que la
pasión principal, la ganancia, te ha absorbido por completo. ¿No es así?
¿Y qué? Hacia ti no he cambiado. ¿He cambiado?
-Tus propios sentimientos te dicen que no eres el mismo. Lo que prometía ser
felicidad cuando éramos uno de corazón, ahora, que somos dos, está cargado de
miseria. No quiero decir cuánto y con qué ansiedad he pensado esto. Es bastante
con afirmar que he pensado en todo ello y que puedo darte la libertad.
-¿Alguna vez la he buscado?
-Con palabras, no; nunca, sino con una naturaleza cambiada, con un espíritu
alterado, con otra forma de vida, con otra esperanza como objetivo. Si esto no
hubiese ocurrido entre nosotros dime: ¿me buscarías y tratarías de convencerme
ahora? ¡Ah, no!
El pareció ceder, pero dijo luchando consigo mismo:
-No lo creas.
-Si pudiera me gustaría pensar de otro modo. Dios lo sabe. El recuerdo de lo que
ha pasado me hace casi esperar que te duela: Pero al cabo de muy poco tiempo te
olvidarás de mí con alegría, como de un sueño improductivo del cual por fortuna
despertaste.
Ella lo abandonó y el espectro y Scrooge se marcharon.
-¡Espíritu! ¡No me muestres más cosas! ¡Llévame a casa! ¿Por qué disfrutas
torturándome?
-Sólo una sombra más -dijo el espíritu.
Estaban ahora en otra escena y en otro lugar. Cerca de la chimenea estaba una
señora parecida a la de la visión anterior, sentada frente a su hija. En la
habitación había un ruido tumultuoso debido a los niños, que eran más de los que
Scrooge con su mente agitada podía contar. Entonces tocaron a la puerta y se
armó gran alboroto. Los niños llegaron a tiempo de felicitar al padre que
entraba cargado de regalos y juguetes de Navidad.
El dueño de la casa se sentó junto a su esposa.
-¡Sabe! -dijo el marido-. Esta tarde he visto a un viejo amigo tuyo.
-¿A quién?
-Adivínalo.
-¿Cómo puedo saberlo? Ah, ya sé -añadió riendo-. El señor Scrooge.
-Sí. Era el señor Scrooge. Pasé junto a la ventana de su oficina y le vi. Creo
que su socio está a punto de morir, y allí estaba él, solo.
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