Canción de Navidad (Charles Dickens) - pág.8
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Dick! ¡Navidades, Ebenezer! ¡Vamos a cerrar el almacén!
No se podía creer cómo se dedicaron a ello aquellos muchachos.
¡Ea! -gritó el viejo-. Despejad, muchachos. Vamos a hacer sitio de sobra.
Con el viejo Fezziwig mirando, se hizo en un minuto, y el taller quedó
confortable, seco y brillante como uno desearía ver una sala de baile en una
noche de invierno.
Entró un violinista, entró la señora Fezziwig. Entraron las tres señoritas
Fezziwig, sus seis jóvenes seguidores y todos los chicos y chicas empleados en
el almacén. No hubo quien no saliera a bailar.
Bailes, prendas, más bailes, pastel, ponche, carne asada, carne cocida,
pasteles, mucha cerveza.
Cuando el reloj dio las once, terminó este baile familiar. El señor y la señora
Fezziwig fueron dando la mano a cada uno de los que se marchaban, deseándoles
felices Navidades. Cuando no quedó nadie hicieron lo mismo con los dos
aprendices y los muchachos fueron a sus camas dispuestas bajo el mostrador de la
parte de atrás de la tienda.
Durante todo este tiempo Scrooge se había comportado como un hombre fuera de sí.
-Poca cosa -dijo el espectro- para llenar de gratitud a esos tontos.
-Poca -dijo Scrooge.
Entonces el espíritu le hizo señas para que escuchase a los dos aprendices que
abrían sus corazones en alabanzas a Fezziwig, y luego dijo:
- ¡Vaya! No ha gastado más que unas pocas libras de su dinero mortal, tres o
cuatro quizás, ¿es tanto para esas alabanzas?
-No es eso -dijo Scrooge, hablando inconscientemente como su yo antiguo-. No es
eso, espíritu. El tiene el poder de hacernos felices o desgraciados, de
convertir nuestro trabajo en algo ligero o en una carga, en un placer o en una
fatiga. La felicidad que proporciona es tan grande como si costase una fortuna.
Scrooge se detuvo al sentir la mirada del espíritu.
-¿Qué pasa? -preguntó el fantasma.
-Nada de particular. Me gustaría poder decir una palabra o dos a mí escribiente,
eso es todo.
-Se va terminando mi tiempo -observó el espíritu, ¡Vamos, aprisa!
Ahora Scrooge se vio a sí mismo como un hombre en la flor de la vida. Su cara no
tenía líneas ásperas y rígidas de años después, pero ya mostraba signos de
preocupación y avaricia.
No se encontraba solo, sino sentado al lado de una bella joven en cuyos ojos
relucían unas lágrimas.
-Te importo poco -decía ella suavemente-, muy poco.
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