Canción de Navidad (Charles Dickens) - pág.7
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asuntos, con la voz más extraordinaria del mundo, medio llorando y medio riendo,
con aquella cara excitada.
Después, con una transición rápida, extraña por completo a su carácter habitual,
dijo con lástima por su yo anterior: ¡Pobre muchacho! Y volvió a llorar.
-Quisiera.. . -musitó, metiendo la mano en el bolsillo -pero ya es demasiado
tarde.
-¿Qué pasa? -preguntó el espectro.
-Nada -dijo Scrooge-. Nada. Un muchacho cantaba anoche un villancico ante mi
puerta. Me gustaría haberle dado algo. Eso es todo.
El espectro sonrió pensativo y anunció:
- ¡Veamos otras Navidades!
Ante estas palabras, se hizo mayor el antiguo yo de Scrooge y la habitación
pareció más oscura y más sucia.
El muchacho ya no leía, paseaba con desesperación de arriba a abajo. Scrooge,
moviendo con pena la cabeza, miró ansiosamente hacia la puerta. Esta se abrió y
una niña, mucho más joven que el muchacho, se lanzó hacia adentro, le rodeó el
cuello con sus brazos y empezó a besarle al tiempo que le llamaba:
- ¡Querido hermano! ¡He venido para llevarte a casa -decía la niña-. ¡A llevarte
a casa! ¡Para siempre! Y nunca volverás aquí, pero primero vamos a estar juntos
todas las Navidades y lo pasaremos estupendamente.
-Eres toda una mujer, pequeña Fan -contestó el muchacho.
Siempre había sido una criatura delicada a quien podría haber marchitado un
soplo -dijo el espectro-. Pero ¡qué gran corazón!
- ¡Sí! -exclamó Scrooge, Tenéis razón. ¡No permita Dios que lo contradiga!
-Murió siendo una mujer -siguió el espectro-, y creo que tuvo hijos.
-Uno -replicó Scrooge.
-Es verdad. Tu sobrino.
Scrooge se sintió a disgusto y confesó gravemente: "Sí".
No hacía más de un momento que habían dejado la escuela, pero ya estaban en las
bulliciosas callejuelas de la ciudad. Por los adornos de las tiendas se veía
claramente que estaban en Navidad.
El espectro se detuvo frente a la puerta de cierto almacén y preguntó a Scrooge
si lo conocía.
-¡Conocerlo! ¡aquí estuve de aprendiz!
Entraron. A la vista de un caballero anciano, Scrooge exclamó excitado:
- ¡Vaya! ¡El viejo Fezziwig! ¡Bendita sea su alma!
El anciano dejó la pluma y miró al reloj que apuntaba las siete. Se frotó las
manos, se rió todo él y gritó con voz animosa:
- ¡Eh, vosotros! ¡Ebenezer, Dick!
El antiguo yo de Scrooge, ahora ya un muchacho joven, llegó rápidamente seguido
por su compañero.
- ¡Eh, muchachos -dijo Fezziwig-, hoy no se trabaja más! ¡Vísperas de Navidad,
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