Novela en nueve cartas (Fedor Dostoiewski) - pág.10
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darse por enterado, y después de provocar mi indignación con dudas y sospechas, decidió
usted, sin más, esquivar el asunto. Más tarde, después de hacerme víctima de actos a los
que no cabe dar nombre decoroso, empezó usted a decirme por carta que se sentía herido.
¿Qué calificativo, señor mío, cabe dar a esto? Luego, cuando cada minuto me era
precioso y usted me obligó a persegitirle por toda la capital, me escribió usted, so capa de
amistad, cartas en las cuales omitía deliberadamente toda referencia a nuestro asunto y
me hablaba de cosas impertinentes, por ejemplo, de las dolencias de su esposa de usted,
señora para mí muy respetable en todo caso, y de que a su pequeño le habían recetado
ruibarbo porque le estaban saliendo los dientes. A todo esto aludía usted en cada una de
sus cartas, con regularidad que me resultaba indigna e injuriosa. Comprendo, por
supuesto, que los padecimientos de un hijo atormenten el alma del padre, pero ¿a qué
aludir a ellos cuando lo que importa es otra cosa mucho más apremiante y necesaria?
Mantuve silencio y me cargué de paciencia; pero ahora, cuando ya ha pasado tiempo,
considero mi deber hablar claro. En fin, que con haberme dado citas falsas a menudo y
con perfidia, usted me ha obligado, por lo visto, a hacer un papel de bobo y payaso que
nunca he tenido intención de representar. Más tarde, después de invitarme previamente a
su casa y, naturalmente, de engañarme, me dice usted que ha sido llamado a la cabecera
de su tía enferma, quien ha sufrido un ataque a las cinco en punto, justificándose así con
vergonzosa precisión. Por fortuna, señor mío, he tenido tiempo de hacer indagaciones en
estos tres días y me he enterado de que su tía tuvo el ataque en la víspera del 8, poco
antes de medianoche. Veo, pues, que se aprovecha usted de la santidad de las relaciones
familiares. Para engañar a quienes le son enteramente extraños.
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