Novela en nueve cartas (Fedor Dostoiewski) - pág.5
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Imagínese mi situación, apreciadísimo amigo mío.
Toda la noche de pie, yendo y viniendo, abrumado de pena. Cuando llegó la mañana, con
las fuerzas agotadas y abatido por la debilidad física y mental, me acosté en un diván sin
acordarme de decir que me despertaran a tiempo, y cuando abrí los ojos eran las once y
media. Mi tía estaba mejor. Fui a ver a mi mujer. La pobre estaba deshecha, espe-
rándome. Tomé un bocado, di un beso al pequeño, tranquilicé a mi mujer y fui a buscarle
a usted. No estaba en casa. Quien sí estaba era Evgeni Nikolaich. Volví a mi casa, cogí la
pluma y ahora le escribo. No se enfade conmigo, mi buen amigo, ni rezongue contra mí.
Pégueme, córteme esta cabeza culpable, pero no me prive de su afecto. Me enteré por su
esposa de que esta noche van a casa de los Slavyanov. Allí estaré sin falta. Le esperaré
con gran impaciencia. Por ahora quedo de usted, etc.
P.S. El pequeño nos tiene verdaderamente desesperados. Karl Fiodorych le ha recetado
ruibarbo. Lloriquea. Ayer no conocía a nadie. Hoy ya empieza a conocer a todos y
balbucea: papá, mamá, bu... Mi mujer se ha pasado llorando toda la mañana.
IV
(De Ivan Petrovich a Pyotr Ivanych)
Muy señor mío:
Le escribo en su casa, en su cuarto y en su escritorio: pero antes de tomar la pluma le he
estado esperando más de dos horas y media. Ahora, Pyotr Ivanych, permita que le dé sin
rodeos mi opinión sincera sobre esta situación ignominiosa. Por su última carta supuse
que le esperaban a usted en casa de los Slavyanov. Me citó usted allí, fui, le estuve
esperando cinco horas y no asomó usted. Ahora bien, ¿es que se propone usted
convertirme en el hazmerreír de la gente? Perdón, señor mío... He venido a su casa esta
mañana esperando encontrarle, sin imitar, pues, a ciertas personas escurridizas que
buscan a la gente en sabe Dios qué sitios, cuando pueden encontrarla en casa a cualquier
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