Novela en nueve cartas (Fedor Dostoiewski) - pág.2
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Petrovna a tomar el té y a pasar la velada. Mi mujer, Anna Mihailovna, se pondrá
contentísima con la visita de ustedes. Nos dejarán obligados hasta el sepulcro, como dijo
aquél.
A propósito, estimadísimo amigo -ya que estoy con la pluma en la mano lo diré todo,
sin omitir una coma- debo ahora reprocharle un poco y aun reprenderle, respetadísimo
amigo, por una picardía, al parecer muy inocente, que me ha jugado usted... ¡so pillo, so
desvergonzado! A mediados del mes pasado presentó usted en mi casa a un conocido
suyo, a Evgeni Nikolaich por más señas, avalándole con la amistosa y, por supuesto, para
mí sagrada recomendación de usted. Me alegré de la oportunidad, recibí al joven con los
brazos abiertos y con ello me puse un dogal al cuello. Con dogal o sin él, vaya jugarreta
que nos ha hecho usted, como dijo aquél. No es éste el momento de explicarlo, ni es cosa
para encomendar a la pluma. Sólo pregunto a usted muy humildemente, malicioso amigo
y compañero, si no hay modo de sugerir a ese joven delicadamente, entre paréntesis, al
oído, a la chita callando, que hay otras muchas casas en la capital además de la nuestra.
¡Que esto ya no hay quien lo aguante, amigo! Caemos de rodillas ante usted, como dice
nuestro amigo Simonevich. Ya le contaré todo cuando nos veamos. No es que el joven no
tenga garbo y cualidades espirituales, ni que haya metido la pata en nada. Muy al
contrario, es amable y simpático. Pero espere a que nos veamos; y si mientras tanto
tropieza usted con él, dígale eso al oído, muy respetuosamente, por lo que usted más
quiera. Yo mismo se lo diría, pero ya conoce usted mi carácter: no puedo, eso es todo. Al
fin y al cabo, usted fue quien lo recomendó. Pero en todo caso esta noche hablaremos. Y
ahora hasta la vista. Quedo de usted, etc.
P.S. Hace ocho días que tenemos al pequeño indispuesto y cada día está peor.
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