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Memorias del subsuelo (Fedor Dostoiewski) - pág.40

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«¿Por qué he de ser siempre yo el que ceda el paso? -me preguntaba a veces, ciego de cólera, por las noches-. ¿Por qué he de ser yo? No hay reglas, no hay nada escrito sobre esta cuestión. Comprendo que la gentileza se comparta, como es propio de personas bien educadas: él cede el paso, tú lo cedes también, y los dos pasáis con un sentimiento de mutua estimación.» Pero el caso es que yo siempre me apartaba de mi camino y él ni siquiera se daba cuenta de mi urbanidad. Y he aquí que un día se me ocurrió esta idea maravillosa: «¡Si yo me atreviese a no cederle el paso cuando nos encontráramos..., no cedérselo adrede, ostensiblemente, aunque él me empujara...! ¿Qué pasaría?». Este pensamiento audaz se fue apoderando de mí paulatinamente, y llegó un momento en que ya no pude librarme de él. Aquel encuentro no se apartaba de mi mente, e iba con más frecuencia a la avenida Nevsky, a fin de imaginarme más claramente cómo obraría cuando me decidiera a obrar. Estaba radiante de alegría. Cuanto más pensaba en ello, más realizable me parecía mi idea. «No lo empujaré -la alegría me había hecho ya mejor-, pero no lo esquivaré. Tropezaremos sin hacemos daño; será un choque de hombros no más fuerte de lo indispensable para que él comprenda que hay que guardar las formas.» Al fin tomé la decisión. Pero los preparativos exigieron mucho tiempo. Ante todo, había que estar bien compuesto al realizar semejante acto. Por lo tanto, tenía que pensar en mi indumentaria. «Si hay escándalo (ya que el público de la avenida es a esa hora de lo más encopetado: el príncipe D..., la condesa, todos los escritores), conviene ir bien vestido. La ropa impone a la gente y en el acto lo coloca a uno, a los ojos de la buena sociedad, en el mismo plano que cualquier otro.» Por consiguiente, pedí un anticipo de mi sueldo y me compré en casa de Tchurkin un sombrero y un par de guantes negros. Los guantes negros me parecían de mejor tono, más correctos que los guantes de color limón en los que había pensado al principio, pero que después me parecieron demasiado vistosos: «Me acusarían de querer llamar la atención». Renuncié, pues, a los guantes amarillos. Ya tenía preparada desde hacía mucho tiempo una elegante camisa con botones de marfil. Pero el estado de mi abrigo exigió largas operaciones.


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