El sueño del príncipe (Fedor Dostoiewski) - pág.101
Indice General
|
Volver
Página 101 de 130
algunas señoras.
-¡Con impaciencia, príncipe, con impaciencia! -chillaron otras.
-Eso me halaga ex-tra-or-di-na-riamente -ceceó el príncipe, sentándose junto a la mesa
en que hervía el samovar. Al momento le rodearon las señoras. Junto a Marya
Aleksandrovna se quedaron sólo Anna Nikolaevna y Natalya Dmitrievna. Afanasi
Matveich sonreía respetuosamente. Mozglyakov sonreía también, y miraba con aire de
reto a Zina, quien, sin prestarle la menor atención, fue a sentarse junto a su padre cerca de
la chimenea.
-Príncipe, ¿es verdad lo que dicen de que se marcha usted? -bisbiseó Felisata
Mihailovna.
Pues sí, mes dames, me marcho. Quiero irme in-me dia-ta-mente al ex-tran-je-ro.
-¿Al extranjero, príncipe, al extranjero? -pregun taron todas en coro-. Pero ¿como se le
ha ocurrido eso?
-Al ex-tran-je-ro -afirmó el príncipe pavoneándose-. Y sepan que quiero ir allá sobre
todo en busca de nuevas ideas.
-¿Cómo que de nuevas ideas? ¿Sobre qué? -preguntaron las señoras mirándose unas a
otras.
-Pues sí, de nuevas ideas -repitió el príncipe, con cara de profundísima convicción-.
Ahora todo el mundo va en busca de nuevas ideas. Yo también quiero conocer las
nue-vas i-de-as.
-¿Y no quiere usted ingresar en una logía masónica, querido tío? -inquirió Mozglyakov,
deseando por lo visto farolear ante las damas con su agudeza y desenvoltura.
-Pues sí, amigo mío, no te equivocas -respondió el tío inesperadamente-. En efecto, en
tiempos pasados pertenecí a una logia masónica en el extranjero y también tuve una
porción de ideas generosas. Entonces me propuse incluso trabajar de firme a favor del
progreso con-tem-po-ráneo y estuve a punto, en Francfort, de dar la libertad a mi siervo
Sidor, a quien llevé conmigo al extranjero. Pero, con gran sorpresa mía, él mismo se
escapó. Era hombre so-bre-ma-nera extraño. Más tarde tropecé con él en París, hecho un
currutaco, con patillas, y acompañando a una mademoiselle por el bulevar. Me miró e
hizo una inclinación con la cabeza. Y la mademoiselle que iba con él era tan alegre, tan
apetítosa, tan viva de ojos...
-Bueno, tío. Después de esto, y si va usted otra vez al extranjero, dará usted libertad a
todos sus siervos -exclamo Mozglyakov soltando una carcajada.
-Amigo mío, has a-di-vi-nado punto por punto mis deseos -respondió el príncipe sin
alterarse-. Quiero precisamente ponerlos a todos en li-ber-tad.
-Pero, dispense, príncipe; en ese caso todos se escaparán.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
101
102
103
104
105
106
107
108
109
110
111
112
113
114
115
116
117
118
119
120
121
122
123
124
125
126
127
128
129
130
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-130
|