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El sueño del príncipe (Fedor Dostoiewski) - pág.51

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tocado una cuerda sensible. ¡Hay que ver lo guapa que está hoy! Con su belleza podría yo
revolver media Europa a mi gusto. Bueno, esperemos a ver... Shakespeare desaparecerá
cuando ella llegue a ser princesa y a conocer otras cosas, porque ¿qué conoce ahora?
¡Mordasov y ese maestro! ¡Hum...! ¡Qué princesa será! Lo que me gusta de ella es ese
orgullo, esa audacia. ¡Es tan altanera! Cuando mira es como si mirara una reina. Pero
¿por qué no comprendía las ventajas? Bueno, por fin las comprendió... y comprenderá el
resto... ¡De todos modos estaré junto a ella! ¡Al fin se puso de acuerdo conmigo en todos
los particulares! ¡Y no puede prescindir de mí! ¡Yo también seré princesa y me conocerán
en Petersburgo! ¡Adiós, poblacho! ¡Morirá el príncipe, morirá ese mozuelo y entonces la
casaré con un príncipe reinante! Sólo temo una cosa: ¿no le he hecho demasiadas
confidencias? ¿No he sido demasiado franca? ¿Demasiado efusiva? Me asusta, ¡ay cómo
me asusta!
Y Marya Aleksandrovna se sume en sus reflexiones. Ni que decir tiene que son
complicadas; pero, como dice el refrán, el deseo hace más que la obligación.
Cuando se quedó sola, Zína se estuvo paseando largo rato por la habitación, con las
manos cruzadas y absorta en sus pensamientos. Éstos eran de muy diversa índole. A
menudo, y casi inconscientemente, repetía: «¡Ya es hora, ya es hora, hace mucho que ya
es hora! » ¿Qué significaba esta exclamación suelta? Más de una vez brillaron lágrimas
en sus largas y sedosas pestañas, pero no pensaba en retenerlas ni en secarlas. Su madre
no tenía por qué preocuparse ni intentar adivinar los pensamientos de su hija. Zína estaba
enteramente decidida y preparada para afrontar todas las consecuencias...
-¡Espera y verás! -pensaba Nastasya Petrovna saliendo sin hacer ruido del cuarto
trastero cuando se fue la coronela- ¡Y yo que iba a ponerme un lazo color de rosa para ese
príncípejo! ¡Tonta que soy, creer que se casaría conmigo! ¡Pues adiós al lacito! ¡Ah,
Marya Aleksandrovna! ¡Con que soy una guarra, una mendiga a quien se puede sobornar
con doscientos rublos? ¡Hubiera debido dejarte, figurona, que tú misma salieras del lío!
¡Sí, tomé ese dinero, y a mucha honra! Lo tomé para gastos relacionados con el asunto...
Quizá hubiera tenido que sobornarme yo a mi misma.


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