El sueño del príncipe (Fedor Dostoiewski) - pág.44
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acaparan, le persiguen, le traen y le llevan en palmito, beben champaña..., parece mentira,
parece mentira. ¿Pero por qué le ha dejado usted apartarse de su lado? ¿Sabe usted que
ahora está en casa de Natalya Dmitrievna?
-¿En casa de Natalya Dmitrievna? -exclama Marya Alesandrovna saltando de su
asiento-. ¡Pero si ¡Iba sólo a ver al gobernador y luego, quizá, a casa de Anna
Nikolaevna, aunque nada más que un ratito!
-¡Pues sí, nada más que un ratito! ¡Vaya usted a cogerle ahora! No encontró al
gobernador en casa, luego fue a ver a Anna Nikolaevna, le dio palabra de comer con ella,
y Natalya Dmitrievna, que ahora no sale de allí, se lo llevó a almorzar a su propia casa.
¡Ahí tiene usted al príncipe!
-¿ Y qué de... Mozglyakov? Porque él prometió...
-¡Vaya con su Mozglyakov! Piensa usted bien de él, ¿eh? También se fue con ellos. Ya
verá usted cómo le hacen jugar a las cartas y perderá otra vez como perdió el año pasado!
¡Y al príncipe también le harán jugar! ¡Lo dejarán en cueros! ¿Y las cosas que cuenta esa
Natalya? Dice a voz en cuello que quiere usted atraerse al príncipe, bueno... con el
propósito consabido, vouz comprenez. Ella misma se lo explica. Claro que él no entiende
palabra, sigue en su asiento como un gato mojado y a cada momento dice: «Pues sí, pues
sí.» Y ella misma, ella misma le pone delante a su Sonka -figúrese, quince años y todavía
viste de corto, así, sólo hasta la rodilla, y ya puede usted imaginarse... Mandaron a buscar
a esa huerfanita Maskha, que también está de corto, sólo que por encima de la rodilla -la
miré con los impertinentes-. Les colocaron en la cabeza unas caperuzas rojas con
plumas..., no sé qué significa eso, e hicieron bailar la kazachka a las dos urraquitas
acompañadas por el piano. Bueno, ya conoce usted el punto débil de este príncipe. Nada,
que se derritió: «¡Formas -decía-, formas!» Las miraba con sus impertinentes y ellas, las
dos urracas, ¡a ver cuál se destacaba más! Estaban subidas de color, echaban las piernas
por alto, y se armó tal jarana que hasta la servidumbre quedó avergonzada, no le digo
más. ¡Y a eso llaman baile! Yo también bailé con un chal en la fiesta de despedida del
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