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El sueño del príncipe (Fedor Dostoiewski) - pág.42

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Si recobra
la salud, aunque no te cases con él, por lo menos la habrá recobrado, y tú le habrás
devuelto la vida, le habrás salvado. En fin, hasta es posible mirarle con compasión. Quizá
el destino le habrá dado una lección, le habrá hecho hombre mejor, y si al menos llega a
ser digno de ti, pues ¿por qué no? te casas con él cuando quedes viuda. Serás rica, inde-
pendiente. Después de curarle podrás facilitarle una posición en el mundo, una carrera.
Tu casamiento con él será entonces más perdonable que ahora, cuando es imposible.
¿Qué os esperaría a los dos si decidierais ahora cometer esa locura? El desprecio general,
la pobreza, el tirar de la oreja a chicos mugrientos, porque eso es parte de su oficio, la
lectura conjunta de Shakespeare, el vivir para siempre en Mordasov y, por último, la
muerte próxima e inevitable; mientras que, salvándole, le salvarás para una vida útil y
virtuosa; perdonándole, le darás esperanza y le reconciliarás consigo mismo. Puede
ingresar en la administración pública, alcanzar un puesto en una oficina del Estado. Por
último, suponiendo que no recobre la salud, morirá feliz, en paz consigo mismo, en tus
brazos, porque tú podrás estar a su lado en esos momentos, seguro de tu amor, perdonado
por ti, a la sombra de los mirtos, de los limoneros, bajo un cielo exótico y azul. ¡Oh, Zina,
todo eso está en tus manos! ¡Todas las ventajas están de tu parte, y todo ello mediante el
matrimonio con el príncipe!
Marya Aleksandrovna acaba. Hay un silencio bastante largo. Zina muestra una
agudísima agitación.
Nosotros no intentaremos describir los sentimientos de Zina porque no podemos
sospecharlos. Pero parece que Marya Aleksandrovna ha encontrado una vía practicable al
corazón de su hija. Sin saber el estado del corazón de ésta, ha ido pulsando todas las
cuerdas hasta dar por fin con la más conveniente. Ha ido palpando rudamente los puntos
más sensibles del corazón de Zina y, claro, por la fuerza de la costumbre, no ha dejado de
sacar a relucir sus nobles sentimientos que, por supuesto, no han deslumbrado a su hija.
«¿Pero qué importa que no me crea -piensa Marya Alesandrovnacon tal que la obligue a
pensar? ¿Habré aludido con claridad a temas que no debo tocar abiertamente?» Así ha


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