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El sueño del príncipe (Fedor Dostoiewski) - pág.36

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en casa de Natalya Dmitrievna, mi enemiga mortal. Esa misma noche ese loco,
arrepentido, hace una estúpida tentativa de envenenarse. En suma, el escándalo llegó al
colmo. Esta asquerosa de Nastasya viene a verme corriendo, llena de miedo, con la
horrible noticia de que desde hace una hora la carta está en manos de Natalya Dmitrievna
y que en dos horas más la ciudad entera conocerá tu deshonra. Saqué fuerzas de-
flaqueza, no me desmayé, pero ¡que golpe diste a mi corazón, Zina! Esta desvergonzada,
este monstruo, Nastasya, pide doscientos rublos y jura que con esa cantidad puede
obtener la devolución de la carta. Yo misma, en zapatillas, por la nieve, corrí a casa del
judío Bumstein a empeñar mi estuche de joyas, recuerdo de una mujer honrada, de mi
madre. Dos horas después la carta estaba en mis manos. Nastasya la había sustraído.
Rompió un cofre y tu honor quedó a salvo, porque ya no había prueba de nada. ¡Pero con
qué ansiedad me obligaste a pasar ese día! ¡Al día siguiente, Zina, noté que me habían
salido las primeras canas! Juzga tú misma ahora de la conducta de ese muchacho. Tu
misma convendrás ahora, y quizá con una amarga sonrisa, que hubiera sido el colmo de
la imprudencia confiarle tu porvenir. Pero desde entonces, hija mía, vives angustiada,
atormentada. No puedes olvidarle, aunque, mejor dicho, no se trata de él, pues fue
siempre indigno de ti, sino del espectro de tu pasada felicidad. Ese desgraciado está ahora
en su lecho de muerte. Dicen que está tísico, y tú, ángel de bondad, tú no quieres casarte
mientras viva para no desgarrarle el corazón, porque aun ahora sigue teniendo celos,
aunque estoy segura de que nunca te quiso con amor genuino y exaltado. Sé que cuando
oyó que Mozglyakov te pretendía te espió, mandó furtivamente a enterarse, buscó
detalles. Tú tratas de ahorrarle pena, hija mía, te conozco, y Dios sabe cómo riego la
almohada con mis lágrimas...
-¡Vamos, mamá, deje usted eso! -interrumpe Zina con aguda irritación-. ¿Para qué sacar
a relucir su almohada? -agrega con acritud-. ¡Basta ya de declamación y ringorrangos!
-¡Tú no me crees, Zina! ¡No me mires con hostilidad, hija mía! No he cesado de llorar
en estos dos últimos años, pero te he ocultado mis lágrimas y te juro que yo también he


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