El sueño del príncipe (Fedor Dostoiewski) - pág.35
Indice General
|
Volver
Página 35 de 130
momento, pedirás la reconciliación que hasta ahora, y desde hace tanto tiempo, vienes
rechazando con altivez. He ahí por qué quiero decirlo todo, Zina, todo, desde el mis-
mísimo principio. De lo contrario callaré.
-Hable usted -repitió Zina, maldiciendo de todo corazón la necesidad de retórica que
sentía su madre.
-Prosigo, Zina. Ese maestro de la escuela del distríto, casi un muchacho todavía,
produjo en ti una impresión que me resulta por completo incomprensible. Yo confiaba
demasiado en tu discreción, en tu noble orgullo, y sobre todo en el hecho de que él era un
don Nadie -porque así hay que decirlo- para sospechar que hubiera algo entre vosotros. Y
de repente vienes a anunciarme que piensas casarte con él. ¡Zina, eso fue una puñalada en
mi corazón! Pero... tú recuerdas todo eso. Por supuesto que juzgué necesario recurrir a
toda mi autoridad, que tú llamas tiranía. Mira, si no: un muchacho, hijo de un sacristán,
que cobra doce rublos al mes, un emborronador de versos ripiosos que de lástima le
publica la «Biblioteca para la Lectura», un cualquiera que no sabe hablar más que de ese
maldito Shakespeare --ese muchacho ¡tu marido, el marido de Zinaida Moskalyona!
¡Pero eso es digno de Florian y sus pastorcillos! Perdona, Zina, pero sólo recordarlo me
saca de quicio. Yo le rechacé a él, pero a ti no hay autoridad alguna capaz de sujetarte. Tu
padre, claro, se limitó a poner cara de tonto y ni siquiera se enteró de lo que yo quería
explicarle. Tú seguiste manteniendo relaciones con el muchacho, incluso tuviste
entrevistas con él, y lo peor de todo es que hasta decidiste cartearte con él. Empezaron a
correr rumores por la ciudad. A mí comenzaron a lanzarme indirectas. La gente se
regocijaba, trompeteaba el asunto, y de repente todos mis augurios se volvieron
realidades insoslayables. Vosotros reñisteis, no sé por qué, y él se comportó como un
rapazuelo (no puedo llamarle hombre) enteramente indigno de ti, amenazándote con dar a
conocer tus cartas en el pueblo. Indignada ante tal amenaza, tú perdiste los estribos y le
diste una bofetada. ¡Sí, Zina, hasta ese detalle me es conocido! El desgraciado, ese mismo
día, enseña una de tus cartas al sinvergüenza de Zaushin y una hora después esa carta está
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
35
36
37
38
39
40
41
42
43
44
45
46
47
48
49
50
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-130
|