El sueño del príncipe (Fedor Dostoiewski) - pág.21
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El príncipe está
empapado de perfume. Al hablar tiene una manera especial de arrastrar ciertas palabras,
quizá por debilidad de la vejez, quizá porque todos sus dientes son -postizos, o quizá
sencillamente para darse importancia. Pronuncia algunas sílabas con especial suavidad,
apoyándose sobre todo en la letra e. En él la palabra sí suena se-e, sólo que algo más
suave. En todos sus gestos se echa de ver cierto descuido, adquirido en el curso de su
vida de petrimetre. Pero en general, si algo ha quedado de esa previa vida de dandy, ha
quedado inconscientemente, en forma de ciertos vagos recuerdos, de una vejez que se ha
sobrevivido a si misma, y que no hay cosmético, corsé, perfume o peluca que pueda
remediar. Por eso haremos bien en reconocer de antemano que si bien el anciano no ha
sobrevivido su inteligencia todavía, sí ha sobrevivido su memoria, y a cada minuto
desbarra, se repite y hasta desatina por completo. Se necesita cierta pericia para hablar
con él. Pero Marya Aleksandrovna tiene confianza en sí misma, y a la vista del príncipe
da rienda a un entusiasmo indescriptible.
-¡No ha cambiado usted nada, absolutamente nada! -exclama, cogiendo al visitante por
ambas manos y sentándole en un sillón cómodo-. ¡Siéntese, siéntese, príncipe! ¡Seis años,
nada menos que seis años sin vernos, y ni una carta, ni un solo renglón en todo ese
tiempo! ¡Qué mal se ha portado usted conmigo, principe! Y yo, ¡qué enfadada he estado
con usted, mon cher prince! Pero el té, el té. ¡Ay, Dios mío! ¡Nastasya Petrovna, el té!
-Le estoy agradecido, sí, señora, muy a-gra-de-cido, y con-trito -ceceó el príncipe
(olvidamos decir que ceceaba un poco, y que lo hacía como si fuera moda cecear)-.
¡Con-tri-to! Y, figúrese usted, el año pasado quería venir aquí sin fal-ta -agregó
escudriñando la habitación-. Pero me asustaron diciendo que aquí había có-le-ra...
-No, príncipe, aquí no ha habido cólera -dice Marya, Aleksandrovna.
-Aquí hubo epidemia bovina, tío -hace notar Mozglyakov, queriendo distinguirse.
Marya Aleksandrovna le mide con una mirada severa.
-Pues sí, e-pi-de-mia bovina o algo por el estilo... Y me quedé en casa. ¿Pero cómo está
su marido, mi querida Marya Nikoiaevna? ¿Sigue en su fis-ca-lía?
-N-no, príncipe, -dice Marya Aleksandrovna un poco cortada-. Mi marido no es fiscal.
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