El sueño del príncipe (Fedor Dostoiewski) - pág.16
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menos hoy por hoy.
-De todos modos, repito que sólo Dios pudo darle a usted la idea de traerle
directamente a esta casa. Me tiemblan las carnes de sólo pensar qué hubiera sido de él,
pobre hombre, si hubiera caído en otras manos que las mías. ¡Lo habrían acaparado, lo
habrían hecho pedazos, se lo habrían comido! Lo habrían explotado como si fuera un
filón, una mina. ¡Usted no puede figurarse lo codiciosa, vil y trapecera que es la gentuza
de aquí, Pavel Aleksandrovichi
-Pero, vamos a ver, ¿a qué casa había de traerlo sino a ésta? ¡Qué cosas tiene usted,
Marya Aleksandrovna! -inyecta la viuda Nastasya Petrovna, que está sirviendo el té-.
¿Piensa usted acaso que iba a llevarlo a casa de Anna Nikolaevna?
-¿Pero por qué tarda tanto en salir? No deja de ser raro -comenta Marya Aleksandrovna
levantándose impaciente de su sitio.
-¿Quién? ¿El tío? Pues creo que tardará todavía cinco horas en vestirse. Además, como
no tiene pizca de memoria, es posible que hasta se haya olvidado de que ha venido aquí
de visita. ¡Es un hombre sin igual, Marya Aleksandrovna!
-Basta, por favor, no desbarre.
-No es desbarrar, Marya Aleksandrovna; es la pura verdad. ¡Pero si más que un hombre
es un medio-maniquí! Usted le vio hace seis años, pero yo le he visto hace una hora. ¡Si
es un medio-difunto! ¡Si es más que el recuerdo de un hombre! ¡Si es que se han olvidado
de enterrarle! ¡Pero si tiene los ojos postizos y las piernas artificiales! ¡Si funciona por
resortes y hasta habla por medio de resortes!
-¡Dios santo, qué tarabilla es usted! ¡Hay que oírle! -exclama Marya Aleksandrovna
poniendo cara seria-. Y a usted, joven, que es pariente suyo, ¿no le da vergüenza hablar
así de un venerable anciano? Aparte de su incomparable bondad -y aquí su voz se colora
de ternura-, recuerde usted que se trata de un vestigio, de un fragmento, por así decirlo,
de nuestra aristocracia. ¡Amigo mío, mon ami! Comprendo la frivolidad de usted, de la
que tienen la culpa esas nuevas ideas de las que está siempre hablando. ¡Pero, Dios mío,
si yo misma comparto esas ideas! Bien entiendo que el fundamento de esa actitud suya es
noble y honroso. Tengo la impresión de que hay incluso algo sublime en esas nuevas
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