El sueño del príncipe (Fedor Dostoiewski) - pág.12
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un porte majestuoso. Hoy está un poco pálida; no obstante, sus labios rojos y
gordezuelos, de líneas maravillosas, entre los cuales brillan como hilo de perlas unos
dientes menudos e iguales, se le aparecerán a uno en sueños tres días seguidos con sólo
mirarlos una vez. La expresión de Zina es grave y severa. Monsieur Mozglyakov parece
arredrarse cuando ella le mira con fijeza; por lo menos, cuando encuentra esa mirada se
encoge un tanto. Los movimientos de Zina son altivamente desenvueltos. Lleva un
vestido sencillo de muselina blanca. El color blanco le va muy bien, aunque, la verdad
sea dicha, todo le va bien. En uno de los dedos lleva un anillo de cabellos trenzados que,
a juzgar por el color, no son de su madre. Mozglyakov nunca se ha atrevido a preguntarle
de quién son. Esta mañana Zina parece más taciturna que de costumbre, incluso triste,
como si tuviera alguna preocupación. Por el contrario, Marya Aleksandrovna está
dispuesta a charlar por los codos, aunque de vez en cuando lanza también a su hija una
mirada peculiar, recelosa, si bien a hurtadillas, como si ella también le tuviera miedo.
-Estoy tan contenta, tan contenta, Pavel Aleksandrovich -parlotea la dama-, que me dan
ganas de ponerme en la ventana y gritárselo a todo el mundo. Y no es sólo por la
agradable sorpresa que nos ha dado usted a Zina y a mí llegando quince días antes de lo
convenido; eso ni que decir tiene. Lo que me colma de alegría es que haya traído aquí a
ese querido príncipe. ¿Sabe usted lo mucho que quiero a ese anciano encantador? Claro
que no. Usted no me comprenderá. Ustedes, la gente joven, no comprenderán mi
entusiasmo por mucho que yo les diga. ¿Sabe usted lo que él fue para mí en el pasado,
hace seis años? ¿Te acuerdas, Zina? Aunque me olvidaba de que tú estabas entonces
visitando a tu tía... No se lo creerá usted, Pavel Aleksandrovich: yo era su guía, su
hermana, su madre. Me obedecía como un niño. Nuestras relaciones tenían algo de
inocente, de tierno y bien nacido; algo casi pastoril, por así decirlo... En realidad no sé
cómo llamarlo. He ahí por qué ce pauvre prince no ha pensado, en su gratitud, más que
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