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El sueño del príncipe (Fedor Dostoiewski) - pág.9

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Stepanida Matveevna que había venido con él de Petersburgo, mujer gruesa y entrada en
años, que lucía vestidos de percal y actuaba como ama de llaves; que el príncipe la
obedecía en todo, como un niño, y no osaba dar un paso sin su permiso; que ella hasta le
lavaba con sus propias manos; que le mimaba, le llevaba y traía y le hacía carantoñas,
también como a un niño; y que, por último, alejaba de él a todos los visitantes, y en
particular a los parientes que cada vez más a menudo se descolgaban por Duhanovo para
ver cómo iban las cosas. En Mordasov se hacían toda suerte de conjeturas sobre esa
relación incomprensible, descollando en ello las señoras. Como si no fuera bastante, se
decía que Stepanida Matveevna llevaba la administración de todas las propiedades del
príncipe, y ello de manera independiente y sin limitaciones; que despedía a los
intendentes, los capataces, la servidumbre; que cobraba las rentas; pero que todo lo
llevaba tan bien que los campesinos se congratulaban de su suerte. En lo tocante al
príncipe se llegó a saber que empleaba sus días casi por entero en el tocador, probándose
pelucas y levitas; y que el tiempo sobrante lo pasaba con Stepanida Matveevna; que
jugaba con ella a las cartas, echaba la buenaventura, y de cuando en cuando salía de
paseo en una mansa yegua inglesa, y que en tales ocasiones le acompañaba
indefectiblemente Stepanida Matveevna en un coche cerrado para atender a cualquier
percance, porque el príncipe montaba a caballo más por vanidad que por otra cosa y
apenas podía tenerse en la silla. A veces se le veía a pie, con gabán y sombrero de paja de
alas anchas, con un chal de señora color de rosa al cuello, monóculo y en la mano
izquierda un cesto de paja para recoger setas, acianos y flores silvestres. También le
acompañaba entonces Stepanida Matveevna, y detrás iban dos fornidos lacayos y un
carruaje por lo que pudiera pasar. Cuando se encontraba con él un campesino que le cedía
el paso, se quitaba el sombrero y se inclinaba profundamente diciendo «Dios le guarde,
padrecito príncipe, Excelencia, luz de nuestros ojos», el príncipe nunca dejaba de
apuntarle con el monóculo, movía la cabeza afablemente y le decía con dulzura:


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