El sueño del príncipe (Fedor Dostoiewski) - pág.8
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Durante todo un año
después de su partida las damas estuvieron hablando de los festejos prometidos y
esperando a su simpático viejo con viva impaciencia. Durante la espera llegaron incluso a
organizar visitas a Duhanovo, donde estaba la vieja mansión señorial y había un jardín
con acacias recortadas en forma de leones, túmulos artificiales, estanques por los que
discurrían barcas con turcos de madera tocando caramillos, cenadores, pabellones, mon
plaisirs y otras atracciones por el estilo.
Por fin regresó el príncipe, pero con sorpresa y desencanto de todo el mundo ni siquiera
se detuvo en Mordasov y se instaló en Duhanovo como un verdadero recluso. Corrieron
extraños rumores y cabe decir que desde entonces la historia del príncipe se hizo
nebulosa y fantástica. Se decía, para empezar, que en Petersburgo no le habían ido bien
las cosas, que algunos de sus parientes, futuros herederos, querían, dada la chochez del
prócer, imponerle una especie de tutoría, probablemente por temor de que volviera a
despilfarrarlo todo Más aún, algunos añadían que se le había querido internar en un
manicomio, pero que uno de los parientes, caballero de muchas campanillas, parecía
haber intervenido en su favor, demostrando claramente a todos los demás que el pobre
príncipe, contrahechura de hombre y ya con un pie en la sepultura, de seguro se moriría
pronto y por completo y entonces todos heredarían sin haber tenido que recurrir a lo del
manicomio. Repito una vez mas, ¿que no dirá la gente, especialmente aquí en Mordasov?
Todo ello asustó al príncipe hasta el extremo de que cambió de carácter y se convirtió en
un recluso. Más de un conciudadano nuestro, presa de curiosidad, fue a cumplimentarle,
pero o no fue recibido o lo fue de la manera más extraña. El príncipe ni siquiera
reconocía a sus antiguas amistades. Se aseguraba que ni quería reconocerlas. Hasta el
gobernador le hizo una visita.
Este volvió con la noticia de que, a su parecer, el principe estaba en efecto algo ido de
la cabeza, y desde entonces torcía el gesto cada vez que recordaba su visita a Duhanovo.
Las señoras pusieron el grito en el cielo. Averiguaron al cabo un detalle de gran
importancia, a saber, que del príncipe se había apoderado una desconocida, una tal
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