El sueño del príncipe (Fedor Dostoiewski) - pág.7
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príncipe pasaba más de la mitad del día en su tocador y que todo él parecía compuesto de
varias piezas. Nadie sabía cuándo y dónde se las había arreglado para desintegrarse de tal
manera. Usaba peluca, y sus bigotes, patillas y hasta la perilla, todo ello era postizo, hasta
el último pelo, y de un soberbio color negro. Se blanqueaba y coloreaba el cutis todos los
días. Se decía que se alisaba las arrugas del rostro con unos muellecillos ocultos muy
cucamente entre el pelo. Se aseguraba que, por añadidura, usaba corsé, porque había
perdido una costilla al saltar con poco acierto por una ventana durante una de sus
aventuras amorosas en Italia. Cojeaba de la pierna izquierda. La gente juraba que era una
pierna artificial, porque la natural se la quebraron en París a resultas de otra aventura y le
habían puesto otra nueva de especial diseño. Pero ¿qué no diría la gente? Era cierto, sin
embargo, que el ojo derecho lo tenía de cristal, aunque parecía de verdad. Los dientes
también eran postizos. Durante días enteros se lavaba con diversas aguas patentadas y se
cubría de perfumes y pomadas. Pero se recordaba que ya para entonces el príncipe
empezaba a chochear perceptiblemente y a chacharear de modo inaguantable. Parecía que
su carrera tocaba a su fin. Todo el mundo sabía que no le quedaba un kopeck. Y de re-
pente, por esas fechas, una de sus parientes más allegadas, señora muy anciana que
residía permanentemente en París y de quien no cabía esperar legado alguno, murió
inesperadamente después de enterrar un mes antes a su heredero legal. Inopinadamente el
príncipe quedó como tal heredero. Cuatro mil siervos en una magnífica finca a sesenta
verstas de Mordasov pasaron indivisos a su exclusiva propiedad. Al punto se aprestó a
atender a sus asuntos en Petersburgo. Para despedir a su huésped, nuestras damas le
ofrecieron una opípara comida por suscripción. Se recuerda que el príncipe estuvo
encantadoramente alegre en ocasión de este último banquete, jugó del vocablo, hizo reír a
los comensales, contó anécdotas harto insólitas, prometió instalarse lo más pronto posible
en Duhanovo (su propiedad recién adquirida) y dio palabra de que a su regreso habría una
infinidad de fiestas, jiras campestres, bailes y fuegos de artificio.
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