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El sueño del príncipe (Fedor Dostoiewski) - pág.6

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acerca del propio príncipe K. Así lo haré. Amén de que la biografía de este personaje es
absolutamente indispensable al ulterior desenvolvimiento de nuestra narración. Empiezo,
pues.

II
Empezaré diciendo que el príncipe K. no era excesivamente viejo y, sin embargo, al
mirarle se recibía involuntariamente la impresión de que iba a desmoronarse de un
momento a otro; a tal extremo había llegado su decrepitud o, si se quiere, su desgaste. De
este príncipe se han contado siempre en Mordasov cosas extrañísimas, verdaderamente
fantásticas. Se ha llegado a decir que estaba ido de la cabeza. A todo el mundo le parecía
raro que un terrateniente, propietario de cuatro mil siervos, hombre de esclarecida estirpe
que, de haberlo deseado, hubiera podido tener gran influencia en la provincia, viviera
solo, como un recluso, en sus espléndidas posesiones. Muchos conocían al príncipe desde
una previa estancia suya en Mordasov y aseguraban que entonces no podía aguantar la
soledad y que de recluso no tenía un pelo. He aquí, sin embargo, lo que de fuentes
fidedignas he podido averiguar de él. Allá en sus años mozos -de lo que, dicho sea de
paso, hace ya mucho tiempo- el príncipe hizo una entrada brillante en la sociedad, se
divirtió a más y mejor, cortejó a las damas, residió varias veces en el extranjero, cantaba
romanzas, hacía juegos de palabras y en ningún momento dio prueba de excelsas dotes
intelectuales. Huelga decir que despilfarró toda su hacienda y que en la vejez se encontró
sin un kopeck. Alguien le aconsejó que se trasladara a su finca rural, que ya empezaba a
ser vendida en pública subasta. Así lo hizo, y vino a Mordasov, donde residió seis meses.
La vida provinciana le gustó sobremanera, y en esos meses malgastó todo lo que le
quedaba, hasta las últimas migajas, siguiendo su vida disipada y manteniendo íntimas
relaciones con varias señoras de la provincia. Era, no obstante, hombre buenísimo,
aunque no exento de ciertas excentricidades que eran, sin embargo, consideradas en
Mordasov como rasgos típicos de la más alta sociedad, y que en vez de enojo producían
agrado. Las damas, en particular, no cejaban en su entusiasmo por el simpático visitante.
De él se guardaban muchos recuerdos curiosos. Se contaba, entre otras cosas, que el


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