El sueño del príncipe (Fedor Dostoiewski) - pág.5
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qué es el tal Mozglyakov? Es joven, sí, bastante apuesto, un dandy, con un centenar y
medio de siervos libres de hipoteca, y natural de Petersburgo. Pero, en primer lugar, tiene
un poco la cabeza a pajaros. Es algo veleta, habla por los codos y tiene ideas a la última
moda. ¿Y qué son ciento cincuenta siervos, sobre todo cuando se profesan ideas de última
hora? No habrá tal casorio.
Todo lo que el amable lector ha leído hasta aquí lo escribí hace cinco meses y sólo por
sentimentalismo. Confieso de antemano que siento parcialidad por Marya
Aleksandrovna. He querido escribir algo así como una alabanza de esta espléndida señora
y darle la forma de una festiva carta al lector parecida a aquellas que antaño, en una edad
de oro, sí, pero que por fortuna no puede volver, se publicaban en «La Abeja del Norte» y
otras revistas. Pero como carezco de amigos y padezco por añadidura de una congénita
timidez literaria, mi composición quedó abandonada en mi mesa de trabajo como una
primicia de escritor y como testimonio de un pacífico entretenimiento en horas de ocio y
contento. Han pasado cinco meses y de repente ha ocurrido en Mordasov un
acontecimiento sorprendente: una mañana temprano llegó a la ciudad el príncipe K. y se
detuvo en casa de Marya Aleksandrovna. Las consecuencias de esta llegada han sido
incontables. El príncipe pasó sólo tres días en Mordasov, pero esos tres días dejaron tras
sí recuerdos tan indelebles como fatales. Diré más: en cierto sentido el príncipe produjo
una revolución en nuestra ciudad. El relato de esa revolución constituye, sin duda, una de
las páginas más memorables de los anales de Mordasov. Esta es la página que, después
de algunos titubeos, he decidido por fin elaborar en forma literaria y someter al juicio del
muy respetable público. Mi narración contiene en detalle la notable historia del ascenso,
apogeo y aparatosa caída de Marya Aleksandrovna y toda su familia en Mordasov: digno
y sugestivo asunto Para un escritor. Claro está que antes que nada es preciso elucidar lo
que hay de sorprendente en el hecho de que el príncipe K. llegara a la ciudad y se
detuviera en casa de Marya Aleksandrovna; y a tal fin, por supuesto, hay que decir algo
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