El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.101
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su gabinete, vestido como para ir a alguna parte. En el sofá se veían su sombrero y su
bastón. Al entrar me pareció que estaba en medio de la habitación, con las piernas
abiertas y la cabeza caída, hablando consigo mismo en voz alta; mas no bien me vio se
arrojó sobre mí casi gritando, al punto de que involuntariamente di un paso atrás y casi
eché a correr; pero me cogió de ambas manos y me llevó a tirones hacia el sofá. En él se
sentó, hizo que yo me sentara en un sillón frente a él ya sin soltarme las manos,
temblorosos los labios y con las pestañas brillantes de lágrimas, me dijo con voz
suplicante:
-¡Aleksei Ivanovich, sálveme, sálveme, tenga piedad!
Durante algún tiempo no logré comprender nada. Él no hacía más que hablar, hablar y
hablar, repitiendo sin cesar: «¡Tenga piedad, tenga piedad!». Acabé por sospechar que lo
que de mí esperaba era algo así como un consejo; o, mejor aún, que, abandonado de
todos, en su angustia y zozobra se había acordado de mí y me había llamado sólo para
hablar, hablar, hablar.
Desvariaba, o por lo menos estaba muy aturdido. juntaba las manos y parecía dispuesto
a arrodillarse ante mí para que (¿lo adivinan ustedes?) fuera en seguida a ver a
mademoiselle Blanche y le pidiera, le implorara, que volviese y se casara con él.
-Perdón, general -exclamé-, ¡pero si es posible que mademoiselle Blanche no se haya
fijado en mí todavía! ¿Qué es lo que yo puedo hacer?
Era, sin embargo, inútil objetar; no entendía lo que se le decía. Empezó a hablar
también de la abuela, pero de manera muy inconexa. Seguía aferrado a la idea de llamar a
la policía.
-Entre nosotros, entre nosotros -comenzó, hirviendo súbitamente de indignación-, en
una palabra, entre nosotros, en un país con todos los adelantos, donde hay autoridades,
hubieran puesto inmediatamente bajo tutela a viejas como ésa. Sí, señor mío, sí
-continuó, adoptando de pronto un tono de reconvención, saltando de su sitio y dando
vueltas por la habitación-, usted todavía no sabía esto, señor mío -dijo dirigiéndose a un
imaginario señor suyo en el rincón-; pues ahora lo sabe usted... sí, señor.. en nuestro país
a tales viejas se las mete en cintura, en cintura, en cintura, sí, señor.
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