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El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.96

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Repetía estos juramentos tan a menudo que ella acabó por asustarse.
Pero como al principio el pan pareció, en efecto, mejorar el juego de ella y empezó a
ganar, la abuela misma ya no quiso deshacerse de él. Una hora más tarde los otros dos
polaquillos expulsados del Casino aparecieron de nuevo tras la silla de la abuela,
ofreciendo una vez más sus servicios, aunque sólo fuera para hacer mandados. Potapych
juraba que el «honorable pan» cambiaba guiños con ellos y, por añadidura, les alargaba
algo. Como la abuela no había comido y casi no se había movido de la silla, uno de los
polacos quiso, en efecto, serle útil: corrió al comedor del Casino, que estaba allí al lado, y
le trajo primero una taza de caldo y después té. En realidad, los dos no hacían más que ir
y venir. Al final de la jornada, cuando ya todo el mundo veía que la abuela iba a perder
hasta el último billete, había detrás de su silla hasta seis polacos, nunca antes vistos u
oídos. Cuando la abuela ya perdía sus últimas monedas, no sólo dejaron de escucharla,
sino que ni la tomaban en cuenta, se deslizaban junto a ella para llegar a la mesa, cogían
ellos mismos el dinero, tomaban decisiones, hacían puestas, discutían y gritaban,
charlaban con el «honorable pan» como con un compinche, y el honorable pan casi dejó
de acordarse de la existencia de la abuela. Hasta cuando ésta, después de perderlo todo,
volvía a las ocho de la noche al hotel, había aún tres o cuatro polacos que no se
resignaban a dejarla, corriendo en torno a la silla y a ambos lados de ella, gritando a voz
en cuello y perjurando en un rápido guirigay que la abuela les había engañado y debía
resarcirles de algún modo. Así llegaron hasta el mismo hotel, de donde por fin los
echaron a empujones.
Según cálculo de Potapych, en ese solo día había perdido su señora hasta noventa mil
rublos, sin contar lo que había perdido la víspera. Todos sus billetes -todas las
obligaciones de la deuda interior al cinco por ciento, todas las acciones que llevaba
encima-, todo ello lo había ido cambiando sucesivamente. Yo me maravillaba de que
hubiera podido aguantar esas siete u ocho horas, sentada en su silla y casi sin apartarse de


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