El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.93
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Me ocurrieron algunos lances casi milagrosos, o así
los he considerado desde entonces, aunque bien mirado y, sobre todo, a juzgar por el
remolino de sucesos a que me vi arrastrado entonces, quizá ahora quepa decir solamente
que no fueron del todo ordinarios. Para mí, sin embargo, lo más prodigioso fue mi propia
actitud ante estas peripecias. ¡Hasta ahora no he logrado comprenderme a mí mismo!
Todo ello pasó flotando como un sueño, incluso mi pasión, que fue pujante y sincera,
pero... ¿qué ha sido ahora de ella? Es verdad que de vez en cuando cruza por mi mente la
pregunta: «¿No estaba loco entonces? ¿No pasé todo ese tiempo en algún manicomio,
donde quizá todavía estoy, hasta tal punto que todo eso me pareció que pasaba y aun
ahora sólo me parece que pasó?».
He recogido mis cuartillas y he vuelto a leerlas (¿quién sabe si las escribí sólo para
convencerme de que no estaba en una casa de orates?). Ahora me hallo enteramente solo.
Llega el otoño, amarillean las hojas. Estoy en este triste poblacho (¡oh, qué tristes son los
poblachos alemanes!), y en lugar de pensar en lo que debo hacer en adelante, vivo
influido por mis recientes sensaciones, por mis recuerdos aún frescos, por esa tolvanera
aún no lejana que me arrebató en su giro y de la cual acabé por salir despedido. -A veces
se me antoja que todavía sigo dando vueltas en el torbellino, y que en cualquier momento
la tormenta volverá a cruzar rauda, arrastrándome consigo, que perderé una vez más toda
noción de orden, de medida, y que seguiré dando vueltas y vueltas y vueltas...
Pero pudiera echar raíces en algún sitio y dejar de dar vueltas si, dentro de lo posible,
consigo explicarme cabalmente lo ocurrido este mes. Una vez más me atrae la pluma,
amén de que a veces no tengo otra cosa que hacer durante las veladas. ¡Cosa rara! Para
ocuparme en algo, saco prestadas de la mísera biblioteca de aquí las novelas de Paul de
Kock (¡en traducción alemana!), que casi no puedo aguantar, pero las leo y me maravillo
de mí mismo: es como si temiera destruir con un libro serio o con cualquier otra
ocupación digna el encanto de lo que acaba de pasar.
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