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El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.91

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-En Moscú, cuando andes sin colocación, ven a verme. Te recomendaré a alguien.
¡Ahora, fuera de aquí!
Fui a mi habitación y me eché en la cama. Creo que pasé media hora boca arriba, con
las manos cruzadas bajo la cabeza. Se había producido ya la catástrofe y había en qué
pensar. Decidí hablar en serio con Polina al día siguiente. ¡Ah, el franchute! ¡Así, pues,
era verdad! ¿Pero qué podía haber en ello? ¿Polina y Des Grieux? ¡Dios, qué pareja!
Todo ello era sencillamente increíble. De pronto di un salto y salí como loco en busca
de míster Astley para hacerle hablar fuera como fuera. Por supuesto que de todo ello
sabía más que yo. ¿Míster Astley? ¡He ahí otro misterio para mí!
Pero de repente alguien llamó a mi puerta. Miré y era Potapych.
-Aleksei Ivanovich, la señora pide que vaya usted a verla.
-¿Qué pasa? ¿Se va, no? Faltan todavía veinte minutos para la salida del tren.
-Está intranquila; no puede estarse quieta. «¡De prisa, de prisa! », es decir, que viniera a
buscarle a usted. Por Dios santo, no se retrase.
Bajé corriendo al momento. Sacaban ya a la abuela al pasillo. Tenía el bolso en la
mano.
-Aleksei Ivanovich, ve tú delante, ¡andando!
-¿Adónde, abuela?
-¡Que me muera si no gano lo perdido! ¡Vamos, en marcha, y nada de preguntas! ¿Allí
se juega hasta medianoche?
Me quedé estupefacto, pensé un momento, y en seguida tomé una decisión.
-Haga lo que le plazca, Antonida Vasilyevna, pero yo no voy.
-¿Y eso por qué? ¿Qué hay de nuevo ahora? ¿Qué mosca os ha picado?
-Haga lo que guste, pero después yo mismo me reprocharía, y no quiero hacerlo. No
quiero ser ni testigo ni participante. ¡No me eche usted esa carga encima, Antonida
Vasilyevna! Aquí tiene sus cincuenta federicos de oro. ¡Adiós! –y poniendo el paquete
con el dinero en la mesita junto a la silla de la abuela, saludé y me fui.
-¡Valiente tontería! -exclamó la abuela tras mí-; pues no vayas, que quizá yo misma
encuentre el camino. ¡Potapych, ven conmigo! ¡A ver, levantadme y andando!
No hallé a míster Astley y volví a casa. Más tarde, a la una de la madrugada, supe por
Potapych cómo acabó el día de la abuela. Perdió todo lo que poco antes yo le había


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