El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.90
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Lo haces adrede, ¿no es verdad?
Dime, ¿te vienes o no?
-Le agradezco mucho, pero mucho, abuela -dijo Polina emocionada-, el refugio que me
ofrece. En parte ha adivinado mi situación. Le estoy tan agradecida que, créame, iré a
reunirme con usted y quizá pronto; pero ahora de momento hay motivos... importantes...
y no puedo decidirme en este instante mismo. Si se quedara usted un par de semanas
más...
-Lo que significa que no quieres,
-Lo que significa que no puedo. En todo caso, además, no puedo dejar a mi hermano y
mi hermana, y como... como... como efectivamente puede ocurrir que queden
abandonados, pues ... ; si nos recoge usted a los pequeños y a mí, abuela, entonces sí, por
supuesto, iré a reunirme con usted, ¡y créame que haré merecimientos para ello! -añadió
con ardor-; pero sin los niños no puedo.
-Bueno, no gimotees (Polina no pensaba en gimotear y no lloraba nunca); ya
encontraremos también sitio para esos polluelos: un gallinero grande. Además, ya es hora
de que estén en la escuela. ¿De modo que no te vienes ahora? Bueno, mira, Praskovya, te
deseo buena suerte, pues sé por qué no te vienes. Lo sé todo, Praskovya. Ese franchute no
procurará tu bien.
Polina enrojeció. Yo por mi parte me sobresalté. (¡Todos lo saben! ¡Yo soy, pues, el
único que no sabe nada!).
-Vaya, vaya, no frunzas el entrecejo. No voy a cotillear. Ahora bien, ten cuidado de que
no ocurra nada malo, ¿entiendes? Eres una chica lista; me daría lástima de ti. Bueno,
basta. Más hubiera valido no haberos visto a ninguno de vosotros. ¡Anda, vete! ¡Adiós!
-Abuela, la acompañaré a usted -dijo Polina.
-No es preciso, déjame en paz; todos vosotros me fastidiáis.
Polina besó la mano a la abuela, pero ésta retiró la mano y besó a Polina en la mejilla.
Al pasar junto a mí,- Polina me lanzó una rápida ojeada y en seguida apartó los ojos.
-Bueno, adiós a ti también, Aleksei Ivanovich. Sólo falta una hora para la salida del
tren. Pienso que te habrás cansado de mi compañía. Vamos, toma estos cincuenta
federicos de oro.
-Muy agradecido, abuela, pero me da vergüenza...
-¡Vamos, vamos! -gritó la abuela, pero en tono tan enérgico y amenazador que no me
atreví a objetar y tomé el dinero.
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