El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.89
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ese imbécil de padrastro tuyo quiere casarse con esa gabacha frívola? ¿Es actriz, no? ¿O
algo peor todavía? Dime, ¿es verdad?
-No sé nada de ello con certeza, abuela -respondió Colina-, pero, a juzgar por lo que
dice la propia mademoiselle Blanche, que no estima necesario ocultar nada, saco la
impresión...
-¡Basta! -interrumpió la abuela con energía-. Lo comprendo todo. Siempre he pensado
que le sucedería algo así, y siempre le he tenido por hombre superficial y liviano. Está
muy pagado de su generalato (al que le ascendieron de coronel cuando pasó al retiro) y
no hace más que pavonearse. Yo, querida, lo sé todo; cómo enviasteis un telegrama tras
otro a Moscú preguntando «si la vieja estiraría pronto la pata». Esperaban la herencia;
porque a él, sin dinero, esa mujerzuela, ¿cómo se llama, de Cominges? no le aceptaría ni
como lacayo, mayormente cuando tiene dientes postizos. Dicen que ella tiene un montón
de dinero que da a usura y que ha amasado una fortuna. A ti, Praskovya, no te culpo; no
fuiste tú la que mandó los telegramas; y de lo pasado tampoco quiero acordarme. Sé que
tienes un humorcillo ruin, ¡una avispa! que picas hasta levantar verdugones, pero te tengo
lástima porque quería a tu madre Katerina, que en paz descanse. Bueno, ¿te animas? Deja
todo esto de aquí y vente conmigo. En realidad no tienes donde meterte; y ahora es
indecoroso que estés con ellos. ¡Espera -interrumpió la abuela cuando Polina iba a
contestar-, que no he acabado todavía! No te exigiré nada. Tengo casa en Moscú, como
sabes, un palacio donde puedes ocupar un piso entero y no venir a verme durante
semanas y semanas si no te gusta mi genio. ¿Qué, quieres o no?
-Permita que le pregunte primero si de veras quiere usted irse en seguida.
-¿Es que estoy bromeando, niña? He dicho que me voy y me voy. Hoy he despilfarrado
quince mil rublos en vuestra condenada ruleta. Hace cinco años hice la promesa de
reedificar en piedra, en las afueras de Moscú, una iglesia de madera, y en lugar de eso me
he jugado el dinero aquí. Ahora nina, me voy a construir esa iglesia.
-¿Y las aguas, abuela? Porque, al fin y al cabo, vino usted a beberlas.
-¡Quítate allá con tus aguas! No me irrites, Praskovya.
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