El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.88
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-¡Quince mil, señora! ¡Dios mío! -exclamó Potapych, levantando los brazos con gesto
conmovedor, tratando probablemente de ayudar en algo.
-¡Bueno, bueno, tonto! ¡Ya ha empezado a lloriquear! ¡Silencio! ¡Prepara las cosas! ¡La
cuenta, pronto, hala!
-El próximo tren sale a las nueve y media, abuela -indiqué yo para poner fin a su
arrebato.
-¿Y qué hora es ahora?
-Las siete y media.
-¡Qué fastidio! En fin, es igual. Aleksei Ivanovich, no me queda un kopek. Aquí tienes
estos dos billetes. Ve corriendo al mismo sitio y cámbialos también. De lo contrario no
habrá con qué pagar el viaje.
Salí a cambiarlos. Cuando volví al hotel media hora después encontré a toda la pandilla
en la habitación de la abuela. La noticia de que ésta salía inmediatamente para Moscú
pareció inquietarles aún más que la de las pérdidas de juego que había sufrido.
Pongamos, sí, que su fortuna se salvaba con ese regreso, pero ¿qué iba a ser ahora del
general? ¿Quién iba a pagar a Des Grieux? Por supuesto, mademoiselle Blanche no
esperaría hasta que muriera la abuela y escurriría el bulto con el príncipe o con otro
cualquiera. Se hallaban todos ante la anciana, consolándola y tratando de persuadirla.
Tampoco esta vez estaba Polina presente. La abuela les increpaba con furia.
-¡Dejadme en paz, demonios! ¿A vosotros qué os importa? ¿Qué quiere conmigo ese
barba de chivo? -gritó a Des Grieux-. ¿Y tú, pájara, qué necesitas? -dijo dirigiéndose a
mademoiselle Blanche-. ¿A qué viene ese mariposeo?
-¡Diantre! -murmuré mademoiselle Blanche con los ojos brillantes de rabia; pero de
pronto lanzó una carcajada y se marchó.
-Elle vivra cent ans! -le gritó al general desde la puerta.
-¡Ah!, ¿conque contabas con mi muerte? -aulló la abuela al general-. ¡Fuera de aquí!
¡Échalos a todos, Aleksei Ivanovich! ¿A ellos qué les importa? ¡Me he jugado lo mío, no
lo vuestro!
El general se encogió de hombros, se inclinó y salió. Des Grieux se fue tras él.
-Llama a Praskovya -ordenó la abuela a Marfa.
Cinco minutos después Marfa volvió con Polina. Durante todo este tiempo Polina había
permanecido en su cuarto con los niños y, al parecer, había resuelto no salir de él en todo
el día. Su rostro estaba grave, triste y preocupado.
-Praskovya -comenzó diciendo la abuela-, ¿es cierto lo que he oído indirectamente, que
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