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El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.87

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abuela-. Madame, esa apuesta no resultará... no, no, no es posible... -dijo chapurreando el
ruso-, ¡no!
-Bueno, ¿cómo entonces? ¡Vamos, enséñeme! -contestó la abuela, volviéndose a él. De
pronto Des Grieux se puso a parlotear rápidamente en francés, a dar consejos, a agitarse;
dijo que era preciso anticipar las probabilidades, empezó a citar cifras... la abuela no
entendía nada. Él se volvía continuamente a mí para que tradujera; apuntaba a la mesa y
señalaba algo con el dedo; por último, cogió un lápiz y se dispuso a apuntar unos
números en un papel. La abuela acabó por perder la paciencia.
-¡Vamos, fuera, fuera! ¡No dices más que tonterías! «Madame, madame» y ni él mismo
entiende jota de esto. ¡Fuera!
-Mais, madame -murmuró Des Grieux, empezando de nuevo a empujar y apuntar con el
dedo.
-Bien, haz una puesta como dice -me ordenó la abuela-. Vamos a ver: quizá salga en
efecto.
Des Grieux quería disuadirla de hacer posturas grandes. Sugería que se apostase a dos
números, uno a uno o en grupos. Siguiendo sus indicaciones puse un federico de oro en
cada uno de los doce primeros números impares, cinco federicos de oro en los números
del doce al dieciocho y cuatro del dieciocho al veinticuatro. En total aposté dieciséis
federicos de oro.
Giró la rueda. «Zéro» -gritó el banquero. Lo perdimos todo.
-¡Valiente majadero! -exclamó la abuela dirigiéndose a Des Grieux-. ¡Vaya franchute
asqueroso! ¡Y el monstruo se las da de consejero! ¡Fuera, fuera! ¡No entiende jota y se
mete donde no le llaman!
Des Grieux, terriblemente ofendido, se encogió de hombros, miró despreciativamente a
la abuela y se fue. A él mismo le daba vergüenza de haberse entrometido, pero no había
podido contenerse.
Al cabo de una hora, a pesar de nuestros esfuerzos, lo perdimos todo.
~¡A casa! -gritó la abuela.
No dijo palabra hasta llegar a la avenida. En ella, y cuando ya llegábamos al hotel,
prorrumpió en exclamaciones:
-¡Qué imbécil! ¡Qué mentecata! ¡Eres una vieja, una vieja idiota!
No bien llegamos a sus habitaciones gritó: « ¡Que me traigan té, y a prepararse en
seguida, que nos vamos!».
-¿Adónde piensa ir la señora? -se aventuró a preguntar Marfa.
-¿Y a ti qué te importa? Cada mochuelo a su olivo. Potapych, prepáralo todo, todo el
equipaje. ¡Nos volvemos a Moscú! He despilfarrado quince mil rublos.


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